Ya no extraño como antes

Pasamos mucho tiempo extrañando lo que pensamos era el amor, sin darnos cuenta que el amor verdadero estaba frente a nuestras narices, solo que de una forma en que nadie nos dijo y cuando lo perdemos, aprendemos lo que es realmente extrañar.

La mayor parte de mi vida la recuerdo por la cantidad de horas que pasé extrañando, y aunque nunca supe exactamente qué extrañaba, yo aseguraba que era amor; lo de menos era ponerle un nombre, esos nunca faltaron.

Me recuerdo enamorada y extrañando, como en una montaña rusa, cada año de mi existencia desde los doce y hasta los treintaidós; aun en esa espiral, algo se sentía fuera de su lugar, pero entonces pensaba: no se puede extrañar lo que no se conoce, no se puede llorar por perder algo que en realidad nunca se ha tenido, y si siento un hueco en la boca del estómago, esto debe ser amor, lo he tenido y he de recuperarlo.

No fue sino hasta que vi esfumarse ante mis ojos la vida que me dio la vida cuando el balde de agua helada me bañó entera y entonces conocí una nueva forma de extrañar, porque esta vez el amor no era un espejismo, porque esta vez no me había creído enamorada, sino que realmente amé y fui amada… y no lo supe sino hasta que era demasiado tarde para poder –y saber- corresponder.

Sí: siempre volveré a esa muerte porque me cambió la vida. Escribo de ella para terminar de entenderme, para terminar de perdonarme, para aceptar que el amor sí existe y que nunca me faltó, para reírme cada vez que el apego adolescente quiere trepar por mi espalda y hacerme siquiera pensar en decir –y sufrir- un te extraño real, porque no, la verdad es que yo ya no extraño como antes.

A esto me refiero cuando digo que la muerte hace que, temporalmente, todo pierda sentido y absolutamente nada puede ser como antes era, ni siquiera la luz del sol.

Pasaron cinco años para atreverme a hablar –y escribir- de esto con casi todas sus palabras; tuve que sobreponerme a mi reflejo perdido y en ruinas para sincerarme conmigo y aceptar que el tiempo no se puede regresar y que, así fuera posible, no había manera de hacer las cosas de otro modo. La adolescente que yo era no quiso crecer cuando tuvo la opción, se vio obligada a hacerlo cuando estuvo envuelta en una tormenta para la que en esta tierra ya no podía recurrir a su primer refugio.

Me vi rebasada por mi inmadurez y hasta que la casa quedó vacía me encontré con la claridad para saber que cometí el más grande de mis errores, todos los días hasta entonces; me reclamé por haber pasado tantos años cegada por mis caprichos y mi obsesión de encontrar el amor, cuando lo tenía justo en mis narices, sólo que de una forma en la que nadie me dijo –y si me lo dijeron, no lo escuché- que era la más real e importante que jamás iba a tener/vivir/sentir, todos esos verbos conjuntados en uno solo que aún no se inventa -y dudo que alguien pueda-.

Porque me vi esperando ver su silueta cruzando la puerta, abriendo el clóset para llenarme de un perfume que ya no recorría la casa, abrazando una pared como nunca en mis viejos dramas había hecho. Y al final ni la silueta se materializó, ni las puertas del clóset guardaron el perfume, ni la pared me reconfortó. Al final, de verdad ya no tenía nada.

A partir de entonces comencé a entender que simplemente era adicta a distraerme con cada estrella fugaz que veía pasar a cientos de años luz y pretender no sólo que la habría de alcanzar, sino que la retendría entre mis manos para llamarla mía, sin siquiera saber qué haría con ella si un día la tenía.

Ahora sé un poco más lo que es el amor y claro que me sigo enamorando fugazmente, a veces extraño ciertas compañías, pero extrañar, lo que se dice extrañar como hacía antes… pues no.

 

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Por: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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