Falta todavía tiempo para las elecciones de 2027, pero en Hidalgo la sucesión ya comenzó. La disputa por las 84 presidencias municipales, las 18 diputaciones locales y las siete diputaciones federales ha desatado una carrera política anticipada que, paradójicamente, representa la principal amenaza para Morena.
La gran pregunta no es si Morena ganará la próxima elección. Salvo una catástrofe política o un acontecimiento extraordinario, el partido del gobernador Julio Menchaca volverá a imponerse en las urnas. La verdadera interrogante es otra, ¿cuánto poder conservará y cuánto perderá en el camino?
Porque una cosa es ganar una elección y otra muy distinta es repetir el nivel de dominio político alcanzado en 2024.
Hoy, Morena gobierna la inmensa mayoría de los municipios hidalguenses y mantiene un control político que hace apenas unos años parecía impensable. Sin embargo, el ejercicio del poder tiene una característica inevitable, que es el desgaste. Y en el caso de Morena, el desgaste ya comenzó a ser visible.
No por la fuerza de la oposición, sino por sus propias divisiones internas.
El gran problema del partido guinda es que se convirtió en la única opción real de poder en Hidalgo. Y cuando eso ocurre, todos quieren participar. Todas y todos quieren ser candidatos, todas y todos se consideran con méritos suficientes y creen tener derecho a un espacio en la siguiente elección.
Hoy, Morena ya no es un movimiento homogéneo. Es una suma de grupos políticos, de proyectos personales y de aspiraciones que muchas veces chocan entre sí. La lucha por las candidaturas municipales y legislativas ha comenzado a generar tensiones cada vez más evidentes.
La unidad que se presume en los discursos no necesariamente se refleja en la operación política cotidiana.
El propio gabinete estatal es una muestra de ello. Existen grupos, intereses y bloques que buscan posicionarse rumbo a 2027. Pero, dentro de esa compleja ecuación política, hay una realidad innegable: el grupo más fuerte sigue siendo el cercano al gobernador Julio Menchaca.
La razón es sencilla. En política, el poder se ejerce desde las instituciones. Y, hoy, el liderazgo del mandatario sigue siendo el principal factor de cohesión al interior de Morena.
Sin embargo, ni siquiera la figura del gobernador puede resolver un problema estructural ya que habrá muchos más aspirantes que candidaturas disponibles.
No todos los perfiles tienen posibilidades reales de convertirse en presidentes municipales, diputados locales o legisladores federales. La política, por definición, es un juego de inclusión y exclusión. Siempre habrá ganadores y perdedores.
El problema para Morena es que muchos de esos aspirantes no parecen estar dispuestos a aceptar una derrota interna.
Y ahí comienza el verdadero riesgo.
La experiencia política demuestra que cuando un partido concentra tanto poder, las heridas provocadas por los procesos de selección suelen ser profundas. Los grupos desplazados se sienten traicionados, los aspirantes no favorecidos se convierten en opositores internos y las estructuras territoriales empiezan a fracturarse.
Las lealtades partidistas duran hasta que llegan las candidaturas.
Por eso Morena enfrenta un desafío enorme rumbo a 2027 y es administrar sus propias ambiciones.
Porque no todos los que se queden sin candidatura se sumarán disciplinadamente al proyecto. Algunos operarán con desgano, otros se alejarán temporalmente y algunos más, incluso, podrían terminar apoyando alternativas distintas, aunque sea de manera silenciosa.
Ese desgaste interno puede traducirse en la pérdida de municipios y espacios legislativos.
De hecho, es muy probable que Morena vuelva a ganar la elección, pero con un número menor de ayuntamientos de los que actualmente gobierna. No porque exista una oposición fortalecida, sino porque la fragmentación interna podría abrir espacios de competencia donde hoy no los hay.
Paradójicamente, el principal adversario de Morena es Morena mismo.
El PRI sigue atrapado en su comportamiento histórico y sin una narrativa renovada. El PAN carece de la estructura suficiente para competir en todo el territorio estatal. Movimiento Ciudadano continúa siendo una fuerza emergente sin el peso necesario para disputar el poder de manera integral.
La oposición existe, pero no con la fuerza ni la organización que se requieren para convertirse en una amenaza real para el partido en el gobierno.
Esa es, quizá, la mayor fortuna política de Morena.
EL CONSPIRADOR





