Hay pleitos políticos que no sólo se ven pequeños, sino francamente ajenos a la vida real de la gente. Lo que hoy protagonizan el PAN y Morena en Hidalgo alrededor de afiliaciones, roscas de reyes, jitomates y conferencias de prensa por unas cuantas decenas de militantes, entra justo en esa categoría.
Porque mientras la gente sale todos los días a trabajar, a hacer cuentas para que le alcance, a resolver traslados, inseguridad, servicios públicos o pendientes familiares, los partidos siguen atrapados en su viejo deporte favorito: pelearse entre ellos por padrones, presuntas afiliaciones indebidas y guerras de narrativa. Esta semana se sumó otra joya: el PAN decidió poner sobre la mesa una denuncia pública porque Morena presuntamente le habría jalado entre 40 y 50 militantes. El tema, claro, puede tener relevancia legal o partidista, pero el problema es que creen que eso conecta con las prioridades reales de la mayoría.
Más todavía cuando ese pleito viene precedido por episodios que rozan lo ridículo. Hace unos meses el debate público entre ambos partidos se tensó por acusaciones sobre la entrega de roscas y jitomates, como si la gran disputa política de Hidalgo de verdad estuviera en ese nivel. Visto desde fuera, cuesta no pensar que buena parte de la clase partidista sigue encerrada en una conversación que sólo se importa a sí misma.
Con todo esto, pareciera que es el PAN quien carga con más responsabilidad política. No porque Morena deba salir limpio o aplaudido de este episodio, sino porque el panismo decidió darle dimensión pública a un asunto que, aun si desde lo legal o partidista puede argumentarse, retrata también su dificultad para leer el humor social. Dar una conferencia de prensa por afiliaciones en disputa, en el contexto que vive la población, sólo proyecta desconexión social.
Además, la pelea le queda todavía más incómoda al PAN cuando Morena llega mejor posicionado de cara al 2027. Frente a eso, la respuesta panista corre el riesgo de parecer más queja que oposición, más administración del agravio que construcción de alternativa política. Pareciera que la oposición sigue sin darse cuenta de que, si la ciudadanía no la ve hablando de lo que le importa, difícilmente la verá como opción en las urnas.
Al final, lo preocupante de todo esto no es si fueron 40, 50 o más afiliaciones en disputa, ni si hubo roscas o jitomates, sino que los partidos sigan sin entender dónde está puesta la atención de la gente. Porque mientras ellos se pelean por quién se queda con qué militante, allá afuera la ciudadanía sigue esperando algo mucho más básico: que alguien hable en serio de sus problemas y no de los pleitos partidistas que, fuera de sus oficinas, a casi nadie le importan.





