La prueba naranja

Mientras MC Hidalgo busca proyectarse como una opción fresca y ciudadana, aparecen episodios que lo colocan en la lógica tradicional de los privilegios partidistas, como la exigencia de dieta y vehículo ante el órgano electoral, asunto que además litigaron sin obtener la razón del tribunal local.

Movimiento Ciudadano en Hidalgo tiene hoy una oportunidad que hace algunos años parecía lejana: dejar de ser un partido testimonial y convertirse en una opción competitiva para las elecciones de 2027 y 2028. Después de su crecimiento en 2024, de sus triunfos municipales y de una presencia pública cada vez más visible, el partido naranja parece haber entendido que en política no basta con existir, hay ocupar territorio, construir liderazgos y sostener una narrativa propia.

 

El reto no es menor. La dirigencia nacional ha dicho que MC buscará competir en todo Hidalgo en 2027 y que ya observan condiciones de competitividad en al menos 15 municipios; también ha insistido en que el partido no irá en alianza y que apostará por perfiles ciudadanos. Esa ruta puede ser atractiva en un contexto donde una parte de la ciudadanía no se siente representada ni por Morena ni por los partidos tradicionales. Pero, también, puede convertirse en una trampa si esta independencia política, que hoy presume, se confunde con una especie de aislamiento o si lo ciudadano termina siendo solamente una etiqueta útil para las campañas electorales.

 

Ahí está la disyuntiva política de Movimiento Ciudadano: en Hidalgo podría estar en condiciones de crecer sin perder frescura, de abrir sus puertas sin volverse una agencia de reciclaje político, de sumar perfiles sin provocar fracturas internas y, particularmente, de competir contra Morena sin parecer simplemente el refugio de quienes no encontraron espacio en otro lado. Y es que MC debe tener en cuenta que, dada la situación política, una cosa es ser alternativa y otra muy distinta sería convertirse en una sala de espera.

 

Por eso, la aparición de nuevos perfiles dentro del partido, como Alejandro Alcántara, Guillermo Peredo, Adriana Flores y otros liderazgos regionales jóvenes, puede leerse de dos formas: por un lado y con una buena operación política, podrían ayudar a MC a ampliar su presencia territorial, conectar con sectores distintos y darle rostro local a una marca que todavía depende de su impulso nacional; pero por otro, si se opera mal, podrían abrir disputas internas, alimentar protagonismos anticipados o convertir el crecimiento del partido en una competencia prematura por candidaturas que todavía ni siquiera existen formalmente.

 

Tampoco ayuda que, mientras MC busca proyectarse como una opción fresca y ciudadana, aparezcan episodios que lo colocan en la lógica tradicional de los privilegios partidistas, como la exigencia de dieta y vehículo ante el órgano electoral, asunto que además litigaron sin obtener la razón del tribunal local. Desde luego, legalmente podrá discutirse lo que corresponda, pero políticamente el mensaje es delicado: no se puede hablar de nueva política hacia afuera mientras hacia adentro se defienden prácticas que la ciudadanía suele ver con hartazgo. Ahí es donde los partidos pierden autoridad moral y luego votos.

 

Movimiento Ciudadano tiene una ventana abierta en Hidalgo, pero nada le garantiza cruzarla. Su oportunidad está en construir una opción seria, fresca y competitiva, pero su riesgo sería creer que el crecimiento electoral de 2024 basta para enfrentar los procesos que vienen. En 2027 y 2028 se sabrá si el partido naranja leyó correctamente el momento o si confundió una coyuntura favorable con una fuerza ciudadana consolidada. En política, crecer importa, pero importa más saber para qué.






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