Los informes de labores tienen una razón bastante sencilla: informar. Son parte de la rendición de cuentas y, tratándose de representantes populares o servidores públicos, una oportunidad para explicar qué hicieron, qué resultados obtuvieron y cómo ejercieron la responsabilidad que tienen; hasta ahí, todo bien. El problema es lo que ponen los políticos alrededor de sus informes.
Porque en política un informe también sirve para medir fuerzas y eso no es particularmente malo. Quién llegó, quién se sentó en primera fila, quién abrazó a quién, qué personajes acudieron, quienes no, qué grupos estuvieron representados y, por supuesto, qué dijo el protagonista cuando inevitablemente le preguntaron por su futuro. Entonces aquello que nació para rendir cuentas comienza a funcionar también como demostración de músculo político.
Y tampoco habría que fingir sorpresa. Los políticos hacen política, incluso cuando informan y está bien, pero lo importante es distinguir cuándo el acto conserva como centro una honesta rendición de cuentas y cuándo ésta termina convertida apenas en el pretexto para organizar un mitin. La consecuencia es que lamentablemente el verdadero contenido político del informe no termina estando en lo que se dice desde el micrófono, sino en quiénes ocuparon las butacas.
También importan las formas. En tiempos de austeridad y escrutinio permanente al gasto público, resulta difícil explicar por qué algunos informes necesitan parecerse cada vez más a eventos sociales. No necesariamente hay algo ilegal en contratar, por ejemplo, salones, mobiliario, o incluso hasta alimentos y entretenimiento, pero entre lo legal y lo políticamente oportuno existe una distancia considerable. Al menos algunos de los informes recientes en Hidalgo, como los de Rebeca Aladro y Simey Olvera han demostrado que todavía se puede rendir cuentas en un auditorio sin necesidad de que el evento termine pareciendo una boda.
Quizá ahí está la verdadera medida de estos ejercicios. Un informe puede tener invitados, simbolismos, aplausos y hasta aspiraciones futuras, pero la ciudadanía distingue perfectamente cuándo está frente a un ejercicio de transparencia y cuándo frente a un acto de mero oportunismo, disfrazado de rendición de cuentas. Al final, la clase política utiliza sus informes para mostrarnos lo que hicieron, pero muchas veces, sin darse cuenta, también nos muestran para qué quieren utilizarlos. Sigamos disfrutándolos.






