Legislar por cumplir

Existe la tentación o la falsa idea de que entre más iniciativas, mejor trabajo legislativo, pero incluso desde el propio Congreso se ha reconocido que lo importante no es cuántas iniciativas se presentan, sino su calidad y su impacto real.

Presentar iniciativas se ha convertido en una de las formas favoritas de acreditar “productividad” legislativa. El boletín, la fotografía en tribuna, el video para redes y la frase de que “seguimos trabajando por Hidalgo” están prácticamente garantizados. Pero muchas veces el problema viene cuando toca descubrir si aquello que se presentó realmente puede convertirse en ley. En la actual Legislatura del Congreso del estado se han presentado cientos de iniciativas y muchas de ellas no pueden dictaminarse por diferentes razones, entre ellas el incumplimiento de requisitos, problemas de viabilidad, análisis del impacto presupuestal o sobrerregulación.

Y no tendría nada de extraño que una iniciativa necesitara correcciones, para eso existen las comisiones, los equipos técnicos y el propio proceso legislativo. Lo llamativo es que algunas propuestas lleguen hasta ahí sin haber resuelto previamente cuestiones elementales que deberían formar parte del trabajo de quien pretende modificar una ley. La propia Ley Orgánica del Congreso exige que las iniciativas expliquen su objeto y utilidad, tengan sustento constitucional y convencional y, cuando corresponda, incluyan una estimación de impacto presupuestario. Legislar debe comenzar antes de subir a la tribuna.

Más revelador todavía es que la normativa interna prevé que cuando una propuesta carece de viabilidad o necesita enriquecerse, puede emitirse un acuerdo para retirarla de la agenda y devolverla al promovente, pero la joya política aparece cuando, aun con observaciones técnicas sobre la mesa, algunos diputados no la retiran y prefieren dejarla congelada. ¿Entonces hay iniciativas que se presentan sólo porque políticamente convenía, aunque sean inviables?

Porque también existe la tentación o la falsa idea de que entre más iniciativas, mejor trabajo legislativo, pero incluso desde el propio Congreso se ha reconocido que lo importante no es cuántas iniciativas se presentan, sino su calidad y su impacto real. Una mala reforma puede generar contradicciones, costos innecesarios o simplemente agregar artículos a leyes que ya regulaban un asunto.

Ahí está la paradoja, porque quienes hacen las leyes deberían ser los primeros obligados a estudiar antes de proponerlas. Presentar una iniciativa te permite subir unos minutos a la tribuna, pero construir una norma viable exige investigación, técnica y conocimiento del problema que pretende resolverse. Tal vez por eso el desempeño legislativo debería medirse menos por cuántas propuestas llevan el nombre de cada diputado y más por cuántas terminan siendo leyes útiles, porque subir iniciativas sí produce estadísticas, pero no siempre produce mejores representantes.