Algunas consideraciones para el 2024

El ejercicio del poder en un país como México implica recurrir a mecanismos como la mentira, el miedo y la violencia, mediante los cuales, históricamente, se ha perpetuado la clase política.

La efervescencia política del 2022 les enseñó a Claudia Sheinbaum, a Ricardo Monreal y a Adán Augusto López que Marcelo Ebrard tiene aficionados en cualquier lugar de la República; además, sin prometer cosas, el señor Ebrard puede crear expectativas, lección que deben aprender otros políticos como César “Truko” Verástegui, excandidato de origen panista que prometió liposucciones en caso de ganar la gubernatura de Tamaulipas, y el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien no tuvo empacho, el primero de diciembre de 2018, en prometer lo que no iba a cumplir.

Con esto no quiero decir que esas promesas sean declaraciones irresponsables (porque prometer nunca empobreció a nadie), lo que afirmo es que puede evitarse la formulación de promesas estrafalarias, irreales o de imposible realización, pues, aunque hacerse de vínculos de dominación a través de la mentira es una técnica aconsejada por Maquiavelo, la falsedad de declaraciones puede conducir al mismo debilitamiento institucional que la violación de la ley por parte de las autoridades. Al respecto dice Nicolás Maquiavelo: “Nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado por la mentira”, y esto es cierto en técnica de poder, pues los vínculos de dominación, de manera preferente, están dados por la violencia y la sanción, pero pueden darse de otras formas.

Esto lo tienen bien aprendido muchas personas con poder (político, eclesiástico, económico y social), cuyos ejemplos sobran para cualquier persona entrada en la materia. Sin embargo, para que la mentira prevalezca sobre la violencia, el titular de los vínculos de dominación debe de estar investido con autoridad moral dada por su erudición, su edad, su experiencia o por un sistema mediático operado por mercadólogos y comunicólogos excepcionales.

En la antesala del 2024 sabemos que a nivel federal se pelearán por diputaciones, por senadurías y por la presidencia de la República (y en el estado de Hidalgo también por presidencias municipales y por diputaciones locales), y la realidad es que quienes mejor realizan la política en este país son los políticos – no los científicos de lo social – y sus paralelismos suelen ser el desinterés por la música, por la literatura, por la buena comida y por las artes en general; son faltos de compromisos éticos, epistemológicos y sociales; los mejores son vastos en relaciones y amigos, en conocimientos de la geografía que pretenden dominar, en historia maniquea y en oratoria; y los peores son vulgares, mamertos y peones de una autoridad superior. Adolecer de frivolidad es una suerte de algunos cuadros políticos del país, pues en las nimiedades se pierde mucho tiempo, energía y salud.

Si algún político o aspirante a político me lee, ofrezco disculpas si mis palabras le ofenden; pero si, por el contrario, mi redacción no se adecua a su persona, lo felicito y me pongo a la orden. Recuerden que dice Maquiavelo: “Quienes en el pasado se han opuesto a un príncipe, esperando, por ello, ser castigados y, en cambio, reciben un premio, por razón de esa deferencia son más fieles que aquellos que siempre lo han acompañado y servido”; y es que es muy común castigar a la oposición e ignorar a los académicos en un mundo donde el poder se obtiene por temas amatorios, económicos, amistosos, genéticos o estéticos; y al ser la política un oficio y no una profesión, muchos de sus ejecutores consideran que su opinión y la de sus allegados está por encima de las máximas de algo que ha derivado en una ciencia.

Por ello, quiero compartirles finalmente tres máximas que considero que todavía deben aprender aquellas personas que se dedican al oficio del poder:

1) El poder es la posibilidad de imponer la voluntad sobre otra persona y sancionar el desacato de forma real. Si no se cumplen ambas formulaciones, no hay poder.

2) Los mecanismos que tienen los titulares del poder para hacerse obedecer son el miedo que tienen los subordinados a la sanción o a la violencia como consecuencia del desacato y la educación (por convencimiento, imitación o costumbre) que se les ha dado para acatar el orden normativo que los somete.

3) El poder escapar a las disposiciones jurídicas (obviar el sistema normativo o estar al margen de la jurisdicción de los jueces) determinará la cuota de poder (o el influyentismo) real que tiene un individuo.

Me despido esperando que las consideraciones del próximo gobernador hidalguense lleguen a todos los ciudadanos, incluidos aquellos que no fueron oposición a su arribo al poder; que nuestros diputados federales sean cercanos a sus votantes, pues sabemos que aunque tienen facultades y atribuciones constitucionales, también pueden trabajar de otras formas, la Constitución no se los prohíbe; y que quienes no ganaron en la contienda hagan esfuerzos por recuperar los favores de entes poderosos y de la ciudadanía.

Autor: Iván Mimila Olvera

Abogado y asesor en materia constitucional y autor de los libros "Cuestionario de Derecho Constitucional" y "Cuestionario de Derecho Constitucional de los Derechos Humanos". Actualmente es litigante en activo y asesor de diversas organizaciones de la sociedad civil.


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