La política mexicana tiene una peligrosa costumbre: creer que la popularidad es suficiente para entregar las llaves del poder. Como si la cantidad de aplausos, seguidores o apariciones en redes sociales fuera un sustituto del carácter, la preparación y la responsabilidad que exige gobernar un estado.
En Hidalgo ya comienzan a perfilarse quienes sueñan con suceder al actual gobernador Julio Menchaca. Entre los nombres que circulan hay perfiles con una enorme presencia mediática, capaces de acaparar titulares y reflectores con facilidad. El problema es que no siempre los titulares hablan de resultados, propuestas o trabajo legislativo. Con demasiada frecuencia hablan del espectáculo y estridencias.
La investidura no admite frivolidades.
Una gubernatura no puede convertirse en el escenario de alguien cuya imagen pública esté marcada más por la controversia que por la construcción de acuerdos; más por los reflectores que por la capacidad de resolver problemas; más por la improvisación que por la formalidad institucional.
Las y los hidalguenses necesitarán una jefa del Ejecutivo que inspire confianza cuando haya una crisis de seguridad, una emergencia por desastres naturales o una negociación presupuestal con la Federación. No alguien cuya principal fortaleza sea generar conversación en redes sociales o alimentar la nota del día.
La investidura de una candidata a gobernadora exige autocontrol. Exige prudencia. Exige entender que cada aparición pública fortalece o debilita la autoridad del cargo. Quien aspira a representar a más de tres millones de hidalguenses no puede actuar como si aún estuviera en un carnaval permanente, en un baile popular o como si la política fuera un espectáculo donde lo importante es llamar la atención.
Los partidos también tienen una enorme responsabilidad. La tentación de postular a quien encabeza las encuestas puede terminar convirtiéndose en una decisión profundamente equivocada, si ese liderazgo llega acompañado de una larga cadena de polémicas, cuestionamientos sobre su comportamiento público o una percepción de frivolidad que termine erosionando la confianza ciudadana.
Aspirar y gobernar no es entretener.
Gobernar significa tomar decisiones que impactan en la vida de millones de personas. Significa administrar miles de millones de pesos con honestidad, conducir instituciones complejas y asumir la representación de un estado entero, incluso de quienes nunca votaron por quien ocupa el cargo.
Por eso preocupa cuando algunos proyectos políticos parecen construirse más sobre la fama personal que sobre una trayectoria de resultados. Cuando el personaje termina desplazando a la estadista. Cuando la imagen importa más que la preparación y cuando se pone al centro la fiesta y la parranda por encima de los buenos oficios políticos.
Gobernar no significa cuántas cruzadas es capaz de tomarse una aspirante, sino a cuántas personas es capaz de resolver algún problema.
La política necesita liderazgos que transmitan serenidad, no estridencia; responsabilidad, no frivolidad; institucionalidad, no protagonismo.
Porque la próxima gobernadora de Hidalgo no administrará un escenario. Administrará hospitales, carreteras, escuelas, policías, programas sociales, inversiones y el futuro de millones de familias.
Las y los ciudadanos deberían preguntarse menos quién es el personaje más conocido y más quién es la persona mejor preparada para ejercer el poder con dignidad.
La historia política demuestra que los gobiernos comienzan a deteriorarse cuando el culto a la personalidad sustituye al mérito. Y cuando la fama desplaza a la capacidad, quienes terminan pagando la factura no son los partidos ni los candidatos. Es la sociedad.
Por el bien de Hidalgo, ojalá que Morena no se equivoque.
EL CONSPIRADOR





