La conciencia que perdí

¿En verdad tuve conciencia? Sí, en aquellas manifestaciones del pueblo sin rostro, en los días donde se moría por la bota militar y la sangre era solo textura de la maldad.

Conocí a la conciencia desde el racionalismo; entendí que se trataba de un problema de reconocimiento de la otredad, se trataba de mis deseos y su manifestación en la imposición hacia el mundo exterior, aquel que termina por hacer de la relación humana un camino condicionado del ser. 

Cuando pienso cómo pienso se estremecen los planos hipotéticos de la razón, se objetiva el objeto que construí y le llamé realidad mundana, deseo infinito de inserción frente a las otras conciencias que, en cuanto conciencias, me disputaban la primacía de la espera infinita. 

Los paralelos de mi razón se obstruyen al amanecer; debo abordar la vida, debo dejar el sueño infinito para pasar al oscurantismo de un nuevo día, tan incierto como mi fe en la realidad social, tan inaudito como pensar en el amor.

Pero, ¿la conciencia que perdí? Es un nudo en la garganta, una lágrima negra, espesa y pueril en estos días de soledad; me acuerdo que la perdí cuando descubrí que la maldad es solo la punta del iceberg de la naturaleza hecha pensamiento yoico, nada tan ególatra y egocéntrico que hace de la megalomanía un juego de párvulos.

Ya no quedan nostalgias azules, se han ido como el cuento del viaje sin retorno, que no contempla marinos ni sirenas en sus caracolas. ¿En verdad tuve conciencia? Sí, en aquellas manifestaciones del pueblo sin rostro, en los días donde se moría por la bota militar y la sangre era solo textura de la maldad.

Pero el laberinto continúa, se agolpan los destellos ciegos de luz; ensordece mi alma el apetito de la razón, aquella que no puede ser arrebatada, aquella, la de entonces.

Grandes y efímeras son las sombras del ataúd, en ellas está la luz escondida de los lúgubres pasajes de la soledad, aquella que se cierne como espina que hiere sin cesar, que anuda la garganta frente a los pasos del opresor, que en el sigilo de la verdad esclaviza a la razón.

La conciencia que perdí tiene rostro de niño; se ríe y esconde frente a las rondas con los brazos abiertos, eternos, que en el juego infinito anuncia el despertar tardío de la razón; allí, donde el ocaso es el horizonte náufrago del despertar.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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