Hablar de igualdad entre mujeres y hombres suele ser bastante sencillo mientras la conversación permanezca en los discursos. Prácticamente todos los partidos se declaran aliados de las mujeres, publican mensajes cada 8 de marzo, se pintan de naranja los días 25 y aseguran que la participación femenina es una prioridad en sus agendas políticas. El verdadero problema aparece cuando esa igualdad deja de ser sólo una frase redituable y empieza a tocar intereses y candidaturas. Ahí la paridad deja de ser cómoda y comienza la discusión de verdad.
La propuesta que ahora se analiza en el Congreso del estado plantea que, para 2027, los primeros 42 municipios en orden alfabético sean de postulación exclusiva para mujeres a la presidencia municipal, mientras en los otros 42 los partidos podrían decidir libremente a quién postular. Es una medida ambiciosa, quizá la más profunda que se haya planteado en el estado para intentar que la presencia de las mujeres no se quede solamente en las candidaturas, sino que se traduzca en una posibilidad real de gobernar los ayuntamientos. También es una fórmula que merece una revisión seria, porque la magnitud del cambio obliga a discutir si el criterio elegido es el más adecuado y cómo se protegerán los distintos derechos involucrados.
Las primeras resistencias eran previsibles. PRI y Movimiento Ciudadano han dicho que acompañan la paridad, pero no este mecanismo; el tricolor propone considerar densidad poblacional y bloques equilibrados, mientras el otro plantea alternar el género de acuerdo con quien gobierne actualmente cada municipio. Son argumentos que deben escucharse, aunque también será importante observar si detrás de las objeciones técnicas hay alternativas capaces de producir resultados semejantes o si sólo es una manera elegante de evitar la reforma.
Y ahí estará la prueba para todos. Quienes impulsan la reforma tendrán que demostrar que no se trata de acomodar el escenario electoral a conveniencia, sino de construir una regla general, objetiva y sostenible que dé certeza. Quienes se oponen tendrán que explicarles a sus propias militantes por qué el modelo no les convence y, sobre todo, qué propuesta concreta ofrecen para que las mujeres no sigan dependiendo de la buena voluntad de las dirigencias.
Hidalgo está entrando en una discusión propia de los nuevos tiempos democráticos, donde la paridad de género ya no puede medirse solamente por cuántas mujeres aparecen en una boleta, sino por cuántas logran acceder realmente al ejercicio del poder. La reforma todavía debe analizarse pero algo ya quedó claro: la paridad suena muy bien cuando no altera ningún interés, aunque su verdadero significado aparece cuando obliga a la clase política a repartir de otra manera aquello que durante décadas casi siempre ha estado sólo en las manos de los hombres.





