Durante demasiado tiempo, la Plaza Constitución estuvo ocupada por comerciantes ambulantes. La plaza más antigua de Pachuca, con origen el siglo XVI, era un campamento informal, sede de una solución política provisional. Por eso, lo que ocurrió esta semana en el centro histórico sí merece leerse como una buena decisión. No porque todo esté resuelto de golpe, sino porque se dio el primer paso para la recuperación de este espacio público.
Este problema del ambulantaje no nació ayer ni se acumuló en unos cuantos meses. La ocupación prolongada del centro y la manera improvisada de administrar el problema vienen de tiempo atrás, y una parte importante de ese enredo fue heredado por el gobierno municipal anterior que encabezó Sergio Baños. Lo que durante mucho tiempo se dejó crecer, luego se volvió más difícil de ordenar y así fue como una plaza con una carga histórica única, terminó convertida en símbolo de desorden urbano.
Por eso, más allá de lo que pueda decirse en un tema tan sensible, hay que reconocer que el ayuntamiento de Jorge Reyes tomó una decisión que no era cómoda, pero sí necesaria. No para pelearse con los comerciantes, ni para presumir mano dura, sino para devolverle a Pachuca una parte de su centro. Y es que a veces se nos olvida que gobernar también es tomar decisiones complejas y animarse a mover aquello que todos saben que ya no debe seguir igual.
El retiro de los comerciantes ambulantes y sus puestos se realizó con resguardo policial, sí, pero no derivó en choques mayores ni en escenas de violencia y eso importa, porque habla de una medida firme, pero ejecutada sin convertir la noche en una nota roja. Es decir, se encontró una primera salida que, con tensiones y todo, permitió avanzar sin una ruptura mayor.
Desde luego, la historia no termina aquí, porque esta reubicación no supone automáticamente la solución definitiva al problema. Todavía habrá que ver si el nuevo espacio, construido por el ayuntamiento a pocas cuadras, funciona, si el orden se sostiene y si la plaza no vuelve a ocuparse con el paso de los meses. Que falte camino por recorrer no impide reconocer que liberar la Plaza Constitución era un paso correcto y largamente esperado.
Al final, lo más importante de esta decisión es que Pachuca vuelve a mirar una parte de sí misma sin carpas de por medio. Recuperar un espacio público también trae un poco de orden, de identidad y de respeto por la ley. Por eso, más que celebrar un desalojo, lo que toca es valorar que la plaza vuelve, por fin, a ser plaza.





