La violencia escolar

MÁS LEÑA AL FUEGO. La respuesta ante la violencia no es más violencia, pero si las autoridades no pueden contribuir a erradicar la agresión en la sociedad sino mediante el castigo violento, el círculo vicioso será interminable.

Desde hace décadas es común, pero no por eso menos atroz, enterarnos de tiroteos en escuelas de Estados Unidos. Estos hechos han disparado las críticas en América Latina hacia el país de las barras y las estrellas, que iban desde llamarlo una sociedad enferma y degradada por las drogas, el alcohol y moral decadente, hasta hacer referencia a las parafernalias del vaquero y del oeste con Rambo en Vietnam.

Por esta razón, a los mexicanos no nos preocupaba la seguridad en las escuelas, pues fuera de un ojo morado por una madrina a la hora de la salida, las cosas no se salían de las lógicas históricas de convivencia escolar, pero, pero, pero, después empezamos a hablar de bullying o violencia y abuso entre niños, para pasar a casos como Nuevo León y Coahuila, donde los tiroteos en escuelas enlutan al país y evidencian que la realidad de Estados Unidos ya no es ajena a México.

Es evidente que una sociedad violenta, como la mexicana, genera violencia y respuestas violentas, por lo que paz, armonía y pacificación se vuelven caminos inseguros ante la estructura social. Pongámoslo así: es más fácil romperle la madre al que te molesta, que llevar el caso a la justicia, y si este mecanismo da resultado, se refuerza la conducta en una sociedad que ya naturalizó la violencia como respuesta y exigencia que logra dividendos.

Si la violencia es un recurso y uso de una simbología de inserción y seguridad social, es claro que se vuelve premisa de acción ciudadana. Pensemos en las casas y sus rejas, pensemos en las casas que tienen contenciones de alambres con alto voltaje; son violencia contra la violencia, es decir, un modo violento de defender o atender la respuesta hacia la violencia. Lo mismo sucede con las cárceles, son ejemplos brutales de violencia contra la violencia que, en ambos casos, nunca funcionan.

Si aceptamos que desde nuestros entornos familiares generamos y reproducimos la violencia del Estado hablando a nuestras familias de que en una sociedad existen “buenos y malos”, en vez de analizar las conductas violentas, lo que hacemos es echar leña al fuego, pero no propiciar una reacción de comprensión y expiación del problema. Esta cuestión nos tiene en jaque, porque si la violencia no fuera un recurso contradictorio de nuestro proceder social, en definitiva no nos preocuparía y seguiríamos hablando, con “autoridad moral”, de que no somos como la sociedad norteamericana.

Consultoría Política y Tarot: [email protected]

Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.



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