Sola

La soledad pueda dar un miedo paralizante o una enorme libertad, la autora se armó de valor y decidió festejar su cumpleaños viajando sola por primera vez, a un lugar que quiso convertir en su hogar y que el destino no quiso.

S, o, l, e, d, a, d: siete letras que pueden significar un miedo paralizante o una enorme libertad, dependiendo del lado de la moneda que elijamos en el volado que a diario jugamos con la vida. Pasar días, meses o años en soledad es –y eternamente será- una maldición para muchas personas, mientras que otras lo traducen en una oportunidad para ir, venir, hacer o no hacer. Yo he estado de ambos lados, a veces de uno y a veces de otro, a veces triste y a veces feliz.

Hablando de soledad en el terreno amoroso, durante casi una década, sola” se ha convertido en mi segundo nombre. Y aunque ahora estoy bien con eso, pasé varios de los primeros meses sintiéndome miserable, inmersa buscando lo inútil que puede resultar un porqué, única y abandonada por el mundo y en el mundo.

No estoy acá para dar consejos de cómo aprender a resignificar la soledad, ni para invitarles a hallar la belleza que le sale por todos lados si tenemos ganas de verla. Mentiría si dijera que es un camino alfombrado de nubes y que el aire que se respira siempre huele a flores; a veces tiene espinas que se clavan profundo en los pies y los pulmones no tienen de dónde obtener oxígeno.

La soledad está tan, pero tan satanizada que, durante estos casi diez años, no he dejado de advertir las miradas lastimeras de una o más personas cuando llego sola a cafés, restaurantes, cines, bares o destinos turísticos.

Comencé mi andar en este camino sola por mera supervivencia y, poco a poco, he aprendido a ignorar esas miradas llenas de tristeza que, ahora que lo pienso, no estoy segura si son por mí o por ellos, que quisieran hacer lo mismo, pero no se atreven. Hoy me gusta pensar lo segundo.

Hace seis meses desbloqueé un nuevo reto del camino de la soledad cuando decidí festejar mi cumpleaños viajando sola por primera vez. Pasé años reuniendo el valor para decidirme a viajar sola en un país como México: medianamente inseguro para cualquier persona, pero en extremo peligroso para una mujer sola. Pero como aquí vivo y no tengo planes de mudarme, he aprendido de cuidados que no debieran parecer tan básicos y que a veces pueden rayar en la paranoia, pero que me han mantenido sana y salva hasta ahora.

Un pequeño spoiler: elegí un lugar que conocía de antes (y que no viene al caso contar por qué) pero que nunca exploré de la manera en que hubiese querido (y que en su momento no consideré necesario, por motivos que tampoco revelaré). Eso me dio la tranquilidad que me demanda mi personalidad controladora, porque tenía medianamente mapeadas las generalidades y, finalmente, es un sitio que durante un tiempo quise convertir en mi hogar, que el destino decidió que no, pero al que me quedaron unas ganas inmensas de regresar, esta vez por mí.

Tuve mucho miedo porque había de dos: que los recuerdos me convirtieran en un trapo errante y triste que rondara por algunos puntos conocidos y que terminaran paralizándome, o que el tiempo y lo sanado la hicieran de alfombra roja desde el momento de bajar del avión. Afortunadamente sucedió lo segundo.

Parte de mi plan era no tener todo planeado, sólo sabía que quería conocer lugares y hacer cosas que hace años no conocí ni hice porque quería guardarlos para luego. Y ese luego había llegado, conmigo mejor plantada en la vida y en mí misma.

Y allí, a casi mil kilómetros de mi hogar, fui feliz con cada imagen que mis ojos miraban y que mi cerebro recordaba lo mitad de hermosas de lo que son. Caminé todos los kilómetros que mis piernas pudieron; regresé a varios lugares conocidos, algunos quedaban vivos de aquel antes y otros cambiaron de giro, pero estaban en el mismo local, otros ya eran terrenos baldíos, o estacionamientos.

Por primera vez en veinticinco años me subí a una bicicleta y pedaleé durante una hora viendo atardecer y escuchando repetidamente una canción que nada significaba pero que en ese momento convertí en mi canción de cumpleaños; visité dos paraísos en los que casi me quedo varada por fallas de la tecnología o de transporte, pero que solucioné, uno, pidiendo aventón, y otro, haciendo amigos que estaban en la misma situación.

Recordé que en la vida no es necesario saber todo, sino saber a quién preguntarle; vi los frutos de ser observadora y atenta (metiche, pues) y mi memoria fácilmente me arrojó información que me ayudó a solucionar problemas que de alguna manera tenía contemplados como posibilidades, porque una nunca sabe y más vale estar preparada para todo.

Viajé sola, pero todos los días hablé por lo menos con una persona, todas desconocidas, y varias de ellas me contaron su vida porque –me dijeron- les inspiré confianza. En un lugar donde era turista fui tratada como local y me sentí halagada cuando se sorprendieron al contarles que sólo estaba de visita. Tal vez conservé en mi ser esas viejas ganas de llamar hogar a ese lugar y de alguna manera se tradujeron en confianza y calma, aun en soledad.

Aunque me faltó muchísimo por hacer y conocer, esos días terminaron con nada más que felicidad y agradecimiento, a mí y a ese lugar que le dejó sus puertas abiertas a una mujer que llegó hace años por casualidad (o no) y que, a pesar de cualquier pronóstico, decidió volver para hacer nuevos recuerdos y festejar su vida casi una década después, sola y muy completa.

 

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Por: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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