Egipto jugó contra Argentina como pocas veces se le había visto, compitió sin complejos, estuvo arriba en el marcador durante buena parte del partido y llegó a tener una ventaja que parecía suficiente para dar una de las grandes sorpresas del Mundial. Después vinieron tres goles, algunas decisiones arbitrales cuestionadas y una derrota que seguramente tardará en digerirse. Puede discutirse si el resultado fue justo, si el VAR actuó igual para ambos o si Egipto merecía algo más, pero al final el marcador quedó escrito y nadie le devolverá el partido por haber hecho casi todo bien.
Ahí aparece una de esas lecciones incómodas que no pertenecen solamente al futbol, sino a la propia vida. Nos enseñan que el esfuerzo debe tener recompensa, que la preparación abre oportunidades y que quien cumple merece avanzar o crecer, pero la vida no siempre funciona con esa pulcritud. A veces alguien hace las cosas bien y pierde, mientras otro aprovecha una coyuntura, una distracción o simplemente el momento correcto. No necesariamente hay una ilegalidad ni una conspiración para explicarlo, sólo que la vida a veces es esa distancia entre lo que debería pasar y lo que termina pasando.
En la política hidalguense ocurre seguido. Hay personas con preparación, experiencia y resultados que pueden pasar años esperando una oportunidad que nunca llega, mientras otras aterrizan en cargos importantes porque coincidieron con el grupo correcto o supieron moverse cuando se abrió un espacio. Lo mismo sucede en los medios de comunicación, en el servicio público, en las empresas y prácticamente en cualquier lugar donde las decisiones dependen de personas y circunstancias. Las credenciales importan, claro, pero no siempre son el único criterio ni garantizan que el lugar termine ocupado por quien parecía más preparado.
El riesgo es convertir esa realidad en una historia permanente de victimización. Quien no recibe la oportunidad que esperaba puede quedarse años explicando por qué fue injusto, viendo cómo avanzan otros y convencido de que ya no vale la pena seguir haciendo las cosas bien. Pero también puede entender que una derrota, incluso una difícil de aceptar, no borra el trabajo previo ni vuelve inútil la preparación. Egipto perdió el partido, pero también demostró que podía competirle al campeón y eso a veces es más dulce y digno que la victoria misma. En otros terrenos pasa igual, porque a veces el resultado inmediato no reconoce el mérito, aunque sí deje claro quién estaba listo.
El deber ser no siempre viene acompañado de justicia y entenderlo no significa resignarse, sino saber que hacer las cosas bien no es un contrato con la vida para recibir lo esperado, sino una forma de estar preparado cuando finalmente llegue una oportunidad. La injusticia existe y pesa, pero quedarse detenido en ella termina siendo una segunda derrota, por eso el éxito es de los resilientes.





