El infierno es la humanidad

Iniciar un día cualquiera por la autocrítica del ser parece el indicativo de que algo bueno está por venir.

Nadie tan aleccionador como Sartre, encaramado en “el muro”, con la reflexión del pesar social sobre la espalda (mente), que aparece en una radiografía en nuestros pulmones que, devastados por la marea de las fuerzas sociales, parecen sucumbir ante el combate desigual del intelecto en contraposición al vulgo.

Entonces emerge la náusea social con la fuerza de los orates, desde el manicomio de las relaciones sociales que tienden puentes sórdidos y mordaces frente a sus intereses, donde la cosificación de los sentimientos y su restricción de checador envuelven los pasos perdidos en apariencias fútiles del absurdo y de la etiqueta de la “normalidad”.

¿Soy yo?, ¿debo ser yo? Esos deben ser quizá los primeros cuestionamientos, pero Sartre me devuelve al laberinto social y los vómitos del alma asemejan a yogurt de pus, cuya purulencia se torna acusación y vergüenza, estímulo genérico y consolación de la fealdad, esa misma fealdad que se rompe frente al frenesí del consumo como bacanal de portal de internet.

Por ende, iniciar un día con autocrítica es el antídoto al abismo, a la primera lección de trascendencia que Sartre miró con la desgarradora infamia de la desconfianza de la humanidad sobre los hombros, escudriñando como roedor nocturno sobre los desperdicios del callejón lúgubre.

El infierno es la humanidad, nada tan terreno como reconocer que no es Dios el culpable de la situación relacional y de nuestras zonas erróneas cuando la oportunidad emerge con los primeros rayos de luz. ¿Por qué no caminar con el aliento de los niños? Ese intrincado laberinto de pasiones se llama libertad sin conciencia, como espejismo de desierto, como cinturón de miseria.

Iniciar un día con autocrítica indica que no existe destino manifiesto, es en todo momento la ruptura de las cadenas de la esclavitud autoimpuesta que Sartre rompía con la crítica social, buscando crear espacios de contracensura para trazar la verdadera libertad, aquella que no proviene del entramado legal, sino de la comunión de la conciencia cierta, la que entiende lo diverso y se esgrime en la conciencia de lo diverso.

Sí: iniciar un día con autocrítica fortalece, encumbra, y quizá, solo por un instante, nos hace ser nosotros mismos.

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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