La comprensión ontológica 57

problema (RAE):

Del lat. problēma, y este del gr. πρόβλημα próblēma.

  1. m. Cuestión que se trata de aclarar.
  2. m. Proposición o dificultad de solución dudosa.
  3. m. Conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin.
  4. m. Disgusto, preocupación. U. m. en pl. Mi hijo solo da problemas.
  5. m. Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos.

 

57.1     Mi segundo día laboral acompañé al “Zorro”, un muchacho pelirrojo y delgado de unos veinticinco años, para hacer el intercambio de un tráiler a Navolato. Decía estudiar ingeniería en la universidad del estado, haber vivido en Estados Unidos y trabajar de repartidor de los negocios en la hacienda desde los quince años.

—Desde que pude manejar —añade—, sólo así me pude mantener.

—¿Cómo llegaste a la hacienda?

—Mataron a mis viejos —dice luego de una extensa pausa—, estaban en el negocio y pues… Ya sabes, por eso.

Durante unos momentos sólo se escuchaba el potente motor, los pequeños ruidos del interior y, sobre todo, el viento del viaje.

—¿Tú qué pedo?

—Pues también algo así —contesto.

Me voltea a ver intrigado.

—Pero en mi caso sólo mataron a mi papá. Mi mamá no sé dónde está.

Otro momento de silencio.

—¿Tienes hambre? —me pregunta.

—Podría comer.

—¡Vamos!

Nos detuvimos en un restaurante para camioneros, yo pedí una milanesa con papas y el Zorro una hamburguesa. Allí me contó un poco más de sus tareas en la hacienda, empero, nunca comentó nada sobre actividades ilegales. Su labor se limitaba a encargos, mensajes y correos; pero hay que aclarar: mensajes legales, no los “mensajes” de amenaza de los que se encargaba gente como el Charro.

Regresamos a la carretera, llegamos a Navolato y, después de esperar una media hora en una pista de aterrizaje local, el Zorro hizo entrega del trailer y, a cambio, nos dejaron una sencilla camioneta pick-up blanca para regresarnos.

Yo no pregunté nada sobre el contenido del contenedor, no quería saber absolutamente nada de lo que no estuviese obligado a saber y, más que nada, tenía miedo que al saber de más pudiese meterme en más problemas. Era un temor real.

—¿Quieres ir a un table-dance? —me pregunta el Zorro como a la hora de camino de regreso, lo pienso pero se adelanta a mi respuesta—. Tengo una amiga en La Equis, vamos para que te presente a sus amigas. ¿Vamos?

—Bueno.

El Zorro sonríe animado y enciende el radio poniendo música de banda que emite la radio local, sin embargo, antes de llegar al citado lugar, recibe una orden de la hacienda proveniente de su radio CB y, tristemente para él, tuvimos que seguirnos de largo.

—Será para la próxima —dice desanimado.

 

57.2    Mi tercer día de trabajo fue como chofer del contador Ramírez-Berg, quien coordinaba todo el asunto fiscal de la hacienda. Me dieron un auto lujoso de la Ford,  salimos a las nueve de la mañana y nos dirigimos a tres bancos en el municipio de Escuinapa. En cada uno lo esperé como una hora, luego lo llevé a una notaría y, finalmente, fuimos a un restaurante especializado en camarones. No hablaba, era muy educado y, al terminar su platillo, sólo me preguntó sobre mi relación con el patrón. No le expliqué mucho, sólo que mi prima era prima de la esposa y que sólo por ello me estaban ayudando. Quedó pensativo hasta que llegó la mesera, él pidió la cuenta y, mientras la esperábamos de vuelta, me relató el fragmento de una confesión:

—Tienes suerte. Tú puedes irte cuando quieras. Yo no.

Yo tampoco puedo irme cuando quiera, pero no le digo nada y, en vez de ello, le pregunto:

—¿Por qué no puedes irte?

Me mira, aprieta los dientes bajando la mirada y, cerrando su manos, concretamente dice:

—Debo mucho dinero.

Un silencio de palabras en el que únicamente se percibía el sonido de los cubiertos, los diálogos revueltos de los comensales y, esporádicamente, los sonidos de motores provenientes de la calle.

—¿Mucho? —pregunto.

Se cubre el rostro con ambas manos, se lo descubre arrastrando las palmas por su cara y, cuando está a punto de responderme, llega la mesera. Ramírez-Berg deja varios billetes, se pone de pie y, sin decirme nada, se dirige a la salida. Instantes después, en que ya lo veo en la calle, me pongo de pie para alcanzarlo.

 

57.3    El cuarto día llevé a Vera, sus dos amigas y otros tres muchachos a Teacapan, me dieron una Suburban y, al principio, se me hizo raro que ningún guardaespaldas nos acompañara, empero, luego noté su presencia en un auto siguiéndonos todo el tiempo. Los dejé en una fiesta en el restaurante Pacific Bleu, los guaruras se bajaron con ellos y a mí me ordenaron esperar en el estacionamiento.

Me puse a escribir en una libreta que compré el día anterior, regresé al concepto de problema y su relación con el preguntar filosófico:

El primer problema, el que causa la pregunta, es la situación en que la existencia y/o la realidad se hace presente en la conciencia, lo que muchos llaman “crisis existencial” y/o estado en que la realidad deja de ser transparente reflexionando sobre ésta. Es el auténtico problema filosófico.

El segundo problema, el que surge ante la pregunta filosófica, es aquel que Wittgenstein llama “los calambres mentales” que sufre el filósofo ante los enigmas que surgen de una mal-interpretación del lenguaje. Es el problema sobre la pregunta.

El tercer problema, el que tiene que ver con la metodología de la respuesta, es lo que comúnmente conocemos como “los problemas filosóficos”. Es el problema sobre la respuesta.

—Oye, güey —me interrumpe uno de los guardaespaldas.

—Qué.

—Cómo qué, se dice mande —me corrige el pendejo.

—Lo pienso, lo miro y pregunto:

—¿Qué quieres?

—No puedes quedarte arriba de la camioneta.

—Qué quieres decir.

—No puedes quedarte arriba, tienes que esperarlos abajo.

—¿No puedo esperar adentro del coche?

—No.

—¿Por qué?

—No se puede.

Ok —dije, cerré molesto la ventana y me bajé—. ¿Puedo esperar en el restaurante?

—Tampoco.

—¿Tengo que irme a otra parte?

—Espéralos aquí, pero no arriba de la camioneta. ¿Qué es eso?

—Una libreta.

—Para qué.

—Para escribir.

—No puedes escribir lo que pasa aquí.

—Son poemas —aclaro.

Me mira perplejo, quiere decir algo pero se arrepiente y se retira.

Poemas filosóficos.

Fui a sentarme en la banca donde los clientes esperan sus autos, observé durante unos momentos a la gente interactuando y, tras un suspiro, retomé la escritura. Cuatro horas después, Vera y sus amigos salieron del lugar, les abrí la puerta y, escandalosamente, todos subieron. Emprendí el viaje de vuelta seguido, irreductiblemente, por el auto de los guardaespaldas.

—Oye, tú —me dice Vera evidentemente ebria—. Ya me dijo mi mamá que somos parientes.

Sus amigos ríen.

—Bueno —aclaro—, nosotros no directamente. Sólo mi prima.

—O sea que ¿nos podemos casar?

Los amigos expresan sonidos de burla romántica.

—¿Quiénes? —pregunto

—Nosotros dos, idiota.

—Vera está enamorada del chofer —dice una de sus amigas.

—¡Cállate, pendeja! —Vera le responde y todos se echan a reír.

—Te gusta el mozo —dice uno de los amigos—, te gusta el mozo, te gusta el mozo —y todos lo acompañan en el coro:

Te gusta el mozo.

Te gusta el mozo.

Te gusta el mozo.

—No les hagas caso —me dice—, ya saben que no eres uno de los mozos pero sólo están chingando.

—Pues…

—¡No lo eres! —me dice categórica—. Eres primo de mi tía.

La miro, me está viendo y asiento.

—¿Escucharon, pendejos? —exclama a sus amigos—. ¡Es primo de mi tía! No es ningún mozo.

Ellos se siguen riendo, yo volteo a ver a Vera y, juguetonamente, me guiña el ojo. Regresa con sus amigos, ponen música desde el estéreo en la parte trasera y suena a todo volumen I drove all night de Cyndi Lauper. Se pusieron a cantar como locos, ellas conociendo la letra y ellos sólo siguiendo el coro.

I drove all night to get to you

Is that alright

I drove all night…

Después de otras cuatro o cinco canciones todos se quedaron dormidos.

 

57.4    El quinto día conocí al doctor Edwin, el médico veterinario que recogí en Escuinapa para que revisara el estado de una yegua embarazada. El tipo era sencillo y bajo de estatura, muy educado y, extrañamente, muy respetado por el Charro, quien lo saludó muy respetuosamente cuando lo vio.

—¿Cuál es el problema, doctor? —le pregunto mientras revisa al animal, éste me mira y me indica con su mano que aguarde.

—No lo estés interrumpiendo, güey —me advierte Puig.

—No hay problema —le aclara el doctor, me mira y responde a mi duda—. El problema es que está en una posición que complica el parto de manera natural.

—¿Y qué hay que hacer? —vuelvo a preguntar.

—Deja de estar preguntando, chamaco —me vuelve a regañar Puig.

El doctor ríe por la situación y vuelve a responder a mi duda:

—Tenemos que operar y tiene que ser hoy.

El proceso duró seis horas, un brillante potrillo cubierto de placenta fue salvado pero, lamentablemente, la yegua murió al día siguiente. Yo no estaba, me enteré hasta la noche, cuando regresé de acompañar al Charro por las cobranzas.

 

57.5    El sexto día volví a acompañar al Charro para la recolección de deudas, su mismo método de inicial intimidación y, si no le pagaban de inmediato, procedía a golpearlos. Alevosía, ventaja y traición conjuntaba su método de cobranza. Primero fuimos a un aserradero, luego a una bodega de alimentos y, posteriormente en un rancho de pollos, fue cuando por primera vez en mi presencia hizo uso del plomo.

El sujeto deudor se llamaba Hugo Salinas, un muchacho adinerado que su padre le había encargado el monumental negocio de avicultura mientras se recuperaba de una operación del corazón en Houston, empero, Hugo era adicto al juego y en menos de tres meses hizo quebrar el patrimonio familiar. Llegamos a las oficinas del rancho, el Charro sólo iba a cobrar los primeros intereses de la deuda cuando uno de los capataces nos impidió el paso alegando que el joven Salinas no se encontraba.

—Lo vamos a esperar en la oficina —dice el Charro.

—No, no, no pueden pasar —responde el capataz.

—Si no me dejas pasar —le advierte—, mañana voy a regresar por ti y te voy a cortar los güebos. ¿Quieres que te corte los güebos?

Luego de un pesado momento de silencio, el sujeto nos dejó pasar y lo acompañamos hasta la oficina, donde nos dejó en lo que iba a buscar a su jefe.

—¿Cuánto tiempo vamos a esperar? —pregunto preocupado.

—Ya veremos.

Ya veremos ¿qué?

—Este puto de mierda —me dice—, anda por aquí. No tarda en aparecer el hijo de su puta madre.

Llego a un ventanal, recorro levemente la cortina y noto que el capataz está platicando con una docena de trabajadores del lugar.

—Ya hay mucha gente allá afuera —le digo al Charro.

—Que se vayan a la verga —contesta, se suena fuerte con su pañuelo y, acto seguido, inhala cocaína con su pequeño dispositivo.

Vuelvo a asomarme por la ventana, ya son como veinte los que acompañan al capataz y, entre éstos, aparece Hugo Salinas. El Charro también se asoma:

—Ahí está ese hijo de su puta madre. ¡Vamos!

Salimos, una turba nos espera y el muchacho Salinas los encabeza.

—Vete, hijo de la chingada —le advierte al Charro—, o te va a llevar la verga.

—Vengo por mi dinero.

—Ya te di todo lo que tenía.

—¡El pago es semanal, hijo de puta!

—No te voy a dar nada —afirma envalentonado.

El Charro niega con la cabeza, saca un cigarro que no enciende y, con mucha tranquilidad, saca su pistola-escuadra del cinto. Varios trabajadores dan un paso atrás, otros se mantienen inmóviles y sólo algunos respaldan a su jefe sin titubear.

—¿Me vas a matar enfrente de todos? —pregunta retadoramente Salinas.

¡Bang!

El Charro dispara al estómago del capataz, quien emite un fuerte gemido y cae al suelo doblándose en posición fetal. La sorpresa de los trabajadores es absoluta mientras Salinas se agacha para asistirlo, el Charro les apunta a todos y ordena que se dispersen; luego se acerca a Hugo, le apunta a la cabeza y le pregunta retóricamente:

—¿Me vas a pagar o no?

Salinas, llorando, asiente temblando.

—¡Pues qué esperas, puto de mierda! —le grita pegándole con la punta de la pistola en la cabeza, el muchacho se pone de pie y entra corriendo a la oficina.

Yo me agacho para preguntarle al herido cómo se siente pero el Charro inmediatamente me reprende:

—¡Deja que se chingue el hijo de su puta madre!

Me pongo de pie, voy a preguntarle si era necesario el disparo pero aparece Salinas con una bolsa de plástico; se la entrega al Charro, quien le echa un vistazo y, luego de asentir con una sonrisa, se encamina hacia la camioneta. Yo lo alcanzo corriendo.

—¿No quieres que yo maneje? —le pregunto, me mira y sólo niega con la cabeza.

Llegamos a la hacienda, me dejó en la entrada principal y, hasta que se fue, me senté en uno de los sillones del portal. Ahí estuve como una hora, no sé por qué pero no quería ir a comer con los demás. No quería ver a los chicos de equitación, ricos y presumidos. Sólo quería estar solo. Pensando, meditando y cavilando lo que había pasado. Todo lo que había experimentado en mi primera semana de trabajo.

Eres cómplice, diría mi hermano.

Regresé a mi cabaña, me acosté sobre la cama y, jalando la colcha, me tapé a medias mirando a la nada.

 

Continúa 58

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".







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