Qué nivel de políticos

Cuando un diputado llama al otro mentiroso, corrupto, traicionero o cualquier otra cosa sin acompañarlo de seriedad, argumentos o pruebas, quizá consiga algunos likes, pero difícilmente eleva la discusión pública.

Las redes sociales han acercado a la clase política con la ciudadanía, pero también les han dado la peligrosa tentación de creer que para parecer auténticos tienen que comportarse como si estuvieran en una pelea de banqueta. El reciente “intercambio” entre dos diputados hidalguenses, uno del PRI y otro de Morena, uno local y otro federal, volvió a demostrar hasta dónde puede caer el nivel del debate cuando los argumentos son sustituidos por acusaciones y descalificaciones personales.

Uno puede entender que existan diferencias profundas entre adversarios políticos, para eso está la política. Lo difícil de entender es esa idea cada vez más extendida de que entre más agresivo sea el mensaje, más respaldo genera entre los propios. Como si insultar más fuerte significara tener mejores razones, o como si bajar el nivel del lenguaje convirtiera automáticamente a un representante popular en alguien “más cercano al pueblo”.

El problema es que normalmente ocurre lo contrario. Cuando un diputado llama al otro mentiroso, corrupto, traicionero o cualquier otra cosa sin acompañarlo de seriedad, argumentos o pruebas, quizá consiga algunos likes, pero difícilmente eleva la discusión pública. Lo que al parecer no ven es que al final del vergonzoso espectáculo nadie gana y sólo quedan dos políticos mutuamente descalificados y una ciudadanía que confirma su percepción de que la política es muy sucia.

No es un asunto exclusivo de estos dos personajes ni de sus partidos. Basta revisar las redes para encontrar funcionarios, dirigentes y legisladores convencidos de que gobernar también consiste en contestar publicaciones, coleccionar likes y ganar discusiones en Facebook o X. Lo preocupante es que mientras ellos celebran haber tenido “la última palabra”, se pierde aquello que debería distinguir a la política de cualquier pleito personal: la capacidad de debatir ideas y construir acuerdos.

Quizá algunos políticos crean que la hostilidad moviliza a sus bases y agrada a sus líderes, sumándole seguidores. Puede funcionar durante unas horas en redes, pero tiene el delicado costo de normalizar una política cada vez más pobre, más estridente y menos útil. Un representante popular no demuestra ser más pueblo cuando insulta como cualquiera, lo demuestra cuando, incluso frente al adversario, es capaz de discutir con nivel, como alguien que entiende la responsabilidad que representa.