La comprensión ontológica 65

Hasta que te encontramos, hijo de la chingada.

 

65.1     6 de junio, 2016

Estaba de pie frente a las puertas del hotel Casa de Cortés, en Los Portales del puerto de Veracruz, mirando fijamente la monumental puerta de dos hojas, noto que la ventana izquierda es muy amplia y la de la derecha tiene una jardinera que obstruye cualquier intento efectivo para salir en caso de escape. No es mi plan, empero, tengo que considerar todos los posibles desenlaces de la negociación con los malditos plagiarios. Malditos. Tengo la reunión a las 20:00 horas en el restaurante del hotel, suspiro hondo y, levemente, toco en mi cintura la Walther 9mm. En dicho instante recuerdo vivamente el diálogo con mi hermano al respecto:

—Puede ser una trampa, —me advirtió.

—No me importa —respondí—. Tengo que rescatarla.

Encendí un cigarro que no fumé, lo tiré cochinamente al piso y, temblando un poco por la ansiedad de legítimos nervios, me encaminé hacia el interior del hotel.

Tengo que rescatarla.

Entro al hotel, ubico el restaurante al fondo y, sin dejar de observar a mi alrededor, me dirijo directamente a una mesa vacía. Me siento quedando con mi espalda a la pared, reviso la clientela con la mirada y sólo hay otras dos mesas ocupadas. Una pareja de ancianos, una mujer con un niño de unos diez años y, al parecer, nada tienen qué ver con mi cita. Llega el mesero, me distrae un poco y, para que se vaya, le pido un café americano.

¿Serner? —me sorprende la pregunta de una mujer elegante con mucho maquillaje acompañada de un guardaespaldas negro y un acompañante chaparro-güero. La señora es Malena, la esposa del líder del cártel La Laguna y que, por instrucciones de éste, ella es con quien tengo que negociar el rescate de Tina N.

Asentí, el negro se fue a sentar a una mesa cercana y Malena se sentó frente a mí con el zotaco a su lado.

—No traes el dinero ¿verdad? —me dice ella luego de observarme a detalle.

—Sí lo tengo, pero primero quiero una prueba de que aún está viva.

Malena mira al chaparro quien saca un iPad donde muestra el video de una niña amarrada a una silla en ropa interior, llora pidiendo a sus padres mientras la voz de una mujer le hace terribles preguntas. El tipo aparta el dispositivo, se echa para atrás y, agresivamente, Malena vuelve a preguntarme:

—¿Sí traes el dinero o no, hijo de la chingada?

—Ya te dije que sí.

—¿Y dónde está?

—Primero tienen que liberarla.

—Primero el dinero.

Silencio.

—¿Entonces cómo le hacemos? —pregunto.

—Quieres a la niña viva ¿sí o no?

Asiento.

—Entonces déjate de pendejadas y danos el dinero.

—¿Y luego?

—Tú no te muevas de aquí y ella vendrá caminando.

Iba a preguntar si la tenían en el hotel, sin embargo, de inmediato reaccioné que era mejor que no supieran mis sospechas.

—¿Y si no cumplen? —cuestiono.

—Pues no te queda de otra, imbécil. ¿Dónde está el dinero?

—Primero libérenla —condiciono.

Me quedo pensando que en la imagen del vídeo el techo es similar al del restaurante en el que estamos.

—Aún no has entendido, pendejo —me responde Malena—: o nos das el dinero o la matamos. Ya se lo advertimos a toda la puta familia. ¿Dónde está el dinero?

—Lo tengo en una habitación —miento, ellos se miran y, tras una pausa, me miran.

—¿Estás hospedado aquí? —pregunta Malena extrañada.

Asiento.

—¿En qué habitación? —insiste.

Con su mirada confirmé que la tenían en el hotel, sin parpadear esperé que me presionaran más para actuar y, cuando el chaparro güero se inclinó para repetir la pregunta amenazante de su jefa, noté en el interior de su saco el #24 del enorme llavero de la habitación. Eso era lo único que necesitaba saber, conocer y, consecuentemente, proceder.

—No nos quieres decir ¿eh? —me advierte Malena, estira su palma y su acompañante le entrega una pequeña caja—. A ver si esto te hace tomarnos más en serio.

Miro la caja, los miro a ellos que me miran fijamente y, al abrirla, descubro uno de los dedos de Tina. No necesitaba más, levanté la mirada con odio y, en un santiamén, me puse de pie disparando dos veces a Malena en la cara, a su acompañante un tiro en la frente y, cuando el guardaespaldas apenas se levantaba, me encaminé rápidamente hacia él descargándole seis de las balas. Algunas personas se dispersaron, unas se echaron al piso y otras corrieron hacia la salida. Yo, sin pensarlo, me dirigí hacia las habitaciones.

Voy a la número 24.

 

65.2    25 de febrero, 2019

Volvió a sonar mi teléfono en la persistente madrugada y, tras más de treinta llamadas perdidas, finalmente contesté:

—¿Bueno?

—¿Serner?

—¿Quién habla? —pregunto luego de una pausa.

Una risa burlona como respuesta, alejo con aversión el auricular de mi oreja y, justo antes de cortar definitivamente la llamada, logro escuchar:

—Hasta que te encontramos, hijo de la chingada.

 

Continúa 66

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






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