Hace unos días circuló en redes un breve comentario del exfutbolista Rafael Márquez Lugo que, aunque fue dicho casi como anécdota, termina retratando una realidad incómoda para Pachuca, de la que mucho se habla en privado y poco en público. Cuando jugó para los Tuzos en 2007, relató que prefería vivir en la Ciudad de México y viajar diariamente porque en Pachuca, simple y llanamente, “no había nada”. La frase puede parecer exagerada, pero lo verdaderamente inquietante es preguntarse si, tantos años después, realmente hemos cambiado lo suficiente como para desmentirla.
Pachuca tiene una ventaja que muchas ciudades del país envidian: su cercanía estratégica con la Ciudad de México. A poco más de una hora de una de las metrópolis más grandes del mundo, la lógica indicaría que la capital hidalguense debería ser un polo atractivo para el turismo, la inversión y la vida urbana. Sin embargo, la realidad sigue siendo otra. Pasan los años, pasan las administraciones municipales y estatales, y Pachuca continúa siendo, en el escenario nacional, una ciudad que rara vez aparece en el radar de quienes buscan dónde invertir, visitar o establecer nuevos proyectos.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué hemos hecho mal durante tanto tiempo? Porque no se trata de un problema de recursos naturales, de ubicación geográfica o de historia. Pachuca tiene identidad, tiene patrimonio cultural e incluso es la Cuna del futbol mexicano. Lo que parece faltar es algo más básico: visión de ciudad.
Basta mirar el propio centro histórico para entender parte del problema. Si uno retira el Reloj Monumental de la ecuación – ese símbolo que todos reconocen – la realidad es que Pachuca difícilmente podría presumir un centro vivo y atractivo. Calles con poco movimiento comercial (mayoritariamente informal), espacios públicos desaprovechados y una vida urbana que se apaga temprano dibujan una realidad muy distinta a la de otras capitales del país que han logrado revitalizar sus centros históricos como motores culturales y turísticos.
Paradójicamente, quien sí ha logrado poner a Pachuca en el mapa nacional e incluso internacional no han sido los gobiernos, sino el Club Pachuca. Sus logros deportivos, su modelo institucional y su presencia en torneos internacionales han proyectado el nombre de la ciudad mucho más allá de nuestras fronteras. No se trata de idealizar al futbol ni de convertir a un club en política pública, pero la comparación resulta inevitable: mientras el deporte ha sabido posicionar a Pachuca, la ciudad como proyecto urbano sigue sin encontrar aquello que la haga destacar.
A esto se suma un detalle que parece menor, pero que revela la falta de modernización urbana: por increíble que le parezca al turismo nacional cuando lo pregunta, en Pachuca no opera ninguna plataforma de movilidad personal como Uber o Didi. En pleno siglo XXI, a poco más de una hora de la capital del país, la capital hidalguense sigue funcionando con un sistema de transporte que mantiene un monopolio de taxis prácticamente intacto, como si el tiempo se hubiera detenido en los años ochenta. Más allá de la discusión regulatoria que de querer podría resolverse, el mensaje que se envía es claro: Pachuca camina mientras otras capitales vuelan.
La Bella Airosa no puede seguir perdiendo atractivo frente a otras ciudades del país. La capital hidalguense necesita algo más que administraciones que pasen sin dejar huella. Necesita una idea clara de futuro, porque si dentro de otros veinte años seguimos escuchando que “no hay nada”, el problema ya no será la frase incómoda de un exfutbolista, sino una sentencia sobre nuestra incapacidad para hacerla despegar.





