Ya cada año ocurre lo mismo en Pachuca cuando se acerca el 8 de marzo. Días antes de que las mujeres salgan a marchar para exigir justicia frente a los feminicidios, las desapariciones y la violencia que sigue marcando sus vidas, aparecen las vallas metálicas. Rodean el Reloj Monumental y blindan el Palacio de Gobierno. El mensaje, aunque nadie lo diga en voz alta, termina siendo evidente: primero hay que proteger las paredes, pero las gubernamentales; que los comerciantes se las arreglen solos.
El asunto aquí es que la escena termina siendo muy contradictoria. Por un lado, el 25 de cada mes autoridades y partidos se visten afanosamente de naranja y sus redes se inundan de imágenes pidiendo “un alto” a la violencia contra las mujeres; pero por otro, cerca del 8 de marzo, la ciudad despierta con estructuras de acero rodeando sus monumentos como si se preparara para la guerra y con dirigentes pidiendo respeto, diálogo y manifestaciones pacíficas.
Pareciera que no se dan cuenta que en este tema, las vallas no sólo son un objeto físico, sino también un símbolo político. Y el símbolo que proyectan es muy incómodo: pareciera que el mayor temor no es la violencia contra las mujeres, sino que alguien raye una fachada.
Ahora, en la ciudadanía también debería haber un poco más de empatía hacia estas manifestaciones, ¿por qué?, porque la tragedia se pinta sola, en México ser mujer sigue siendo peligroso, porque hay desapariciones, hay feminicidios y porque de esto hay historias de terror que siguen acumulándose con una frecuencia que debería escandalizar a cualquiera.
Por eso, el hecho de que la conversación en torno al 8M siga estando en las vallas termina siendo profundamente provocador. Nunca una muralla de metal ha transmitido empatía, apertura ni disposición al diálogo.
Al final, la pregunta inevitable es: ¿qué queremos proteger primero, a los monumentos o a las mujeres? Los edificios pueden limpiarse, las paredes pueden repararse y las placas pueden volver a colocarse. Las vidas perdidas, no. Quizá algún día entendamos que un Estado moderno y democrático no se define por la cantidad de vallas que instala para proteger sus inmuebles, sino por la seriedad con la que escucha a quienes salen a la calle a exigir que dejen de matarlas.
¿O de verdad es más barato el costo político que el costo de la pintura?





