En los gobiernos de seis años hay una lógica no escrita que casi siempre se repite: el arranque es de expectativa, la mitad del sexenio es de ajuste y resultados, y el cuarto año suele ser el de mayor concentración de mando político. En Hidalgo, Julio Menchaca asumió la gubernatura en septiembre de 2022, de modo que estamos justamente en ese tramo en que el poder del Ejecutivo todavía ordena la conversación pública, la operación política y los tiempos de la sucesión.
Por eso sería un error leer cualquier presencia pública destacada como sinónimo automático de destape. Hoy, entre quienes más foco tienen en la conversación pública local, aparecen nombres como Jorge Reyes, por su responsabilidad al frente del Ayuntamiento de Pachuca; Vanesa Escalante, por lo que significa la Secretaría de Salud; y Andrés Velázquez, por la posición que ocupa en la conducción del Congreso local. En esos casos, la exposición no nace necesariamente de un adelantamiento político, sino de la naturaleza del cargo mismo y del nivel de atención que exige su desempeño.
La contradicción empieza cuando alguien busca reflectores no desde una responsabilidad de gobierno, sino sólo desde la ansiedad política. Ahí el cálculo cambia. En el ecosistema de Morena, donde la centralidad del gobernador sigue pesando y donde los tiempos todavía no están formalmente abiertos, moverse demasiado pronto puede mandar el mensaje equivocado: no el de fortaleza, sino el de prisa. Y en política, la prisa es mala consejera.
Eso vuelve especialmente interesante el caso de quienes intentan regresar a la conversación pública por la vía del posicionamiento político puro. Un ejemplo de esto es Israel Félix, quien reapareció en marzo con un video en el que elogió al gobernador Julio Menchaca y a la presidenta Claudia Sheinbaum, en un movimiento que fue leído públicamente como su reingreso a la escena política. El gesto podrá interpretarse como intento de reacomodo, de reconciliación o de supervivencia, pero también deja una lección más amplia: incluso los regresos calculados pueden terminar opacados por el peso político de quien hoy gobierna.
Dicho de otro modo: este no parece todavía el tiempo de los aspirantes, sino una etapa en la que pesan más la obra, la agenda, el control político y la conducción del gobierno que la grilla por la sucesión. Por eso, dentro del oficialismo, quienes de verdad quieran competir más adelante harían bien en tener presente que una cosa es construir perfil desde el desempeño institucional y otra, muy distinta, es querer ganar reflectores a puro movimiento político cuando el calendario real todavía no les pertenece.
No se equivoquen. En Hidalgo, la historia nos ha dicho en varias ocasiones que acelerar la conversación por la gubernatura antes de tiempo puede resultar no sólo prematuro, sino políticamente riesgoso. Porque mientras el poder siga concentrado en la figura del Ejecutivo, quien mejor se mueve no es necesariamente quien más aparece, sino quien entiende que hay años para figurar y años para esperar. Y este es el año del gobernador.





