La verdadera pregunta no es por qué marchan, sino por qué aún tienen que hacerlo: 8M

El 8 de marzo funciona como un espejo incómodo. Obliga a la sociedad a mirarse y reconocer que el progreso en materia de derechos de las mujeres ha sido real, pero insuficiente.

Cada 8 de marzo las calles se pintan de morado y verde. Miles de mujeres marchan, levantan pancartas, rompen el silencio y colocan sobre el asfalto una verdad incómoda, la igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo, en gran medida, una promesa incumplida. El Día Internacional de la Mujer no es una celebración, es un recordatorio de la deuda histórica que las sociedades arrastran con más de la mitad de su población.

 

El simbolismo de la marcha es poderoso porque convierte la protesta en memoria colectiva. Cada consigna, cada nombre escrito en una cartulina, cada pared intervenida con pintura o cada monumento rodeado de consignas recuerda que detrás de la protesta hay historias de violencia, discriminación y desigualdad. No se marcha por costumbre ni por moda. Se marcha porque la brecha persiste.

 

Las cifras hablan con crudeza. Las mujeres siguen ganando menos que los hombres por el mismo trabajo, enfrentan mayores obstáculos para acceder a puestos de liderazgo y cargan con la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado. A esto se suma la violencia estructural que atraviesa su vida cotidiana, acoso en espacios públicos, violencia doméstica, feminicidios y un sistema de justicia que muchas veces responde tarde o nunca. En ese contexto, el 8 de marzo se convierte en un grito colectivo contra la normalización de la desigualdad.

 

Pero la marcha también exhibe otra fractura, la distancia entre el discurso institucional y la realidad. Cada año los gobiernos publican mensajes de reconocimiento, campañas de sensibilización y promesas de compromiso con la igualdad. Sin embargo, el ritmo de las transformaciones estructurales es desesperadamente lento. La brecha salarial persiste, la violencia de género no cede y las oportunidades siguen distribuyéndose de forma desigual.

 

El problema no es sólo cultural, también es político y económico. La igualdad sustantiva exige políticas públicas robustas, presupuestos suficientes y una transformación profunda de las instituciones. No basta con declarar principios de igualdad si las estructuras laborales siguen penalizando la maternidad o si las mujeres continúan enfrentando barreras invisibles para ascender en el ámbito profesional. Tampoco basta con tipificar delitos si los sistemas de justicia no garantizan investigación, protección y reparación.

 

En este escenario, el 8 de marzo funciona como un espejo incómodo. Obliga a la sociedad a mirarse y reconocer que el progreso en materia de derechos de las mujeres ha sido real, pero insuficiente. Las mujeres han conquistado espacios que antes les estaban vedados: hoy participan más en política, en la academia, en la ciencia y en la vida pública. Sin embargo, cada avance convive con resistencias profundas que se manifiestan en estereotipos, violencia simbólica y desigualdades persistentes.

 

Las marchas también enfrentan críticas. Algunos sectores cuestionan las formas de protesta, especialmente cuando se registran actos de vandalismo. Sin embargo, reducir el debate a la forma y no al fondo es una manera de evitar la discusión central: ¿por qué miles de mujeres sienten que sólo en la calle pueden ser escuchadas? La protesta es, en última instancia, el lenguaje de quienes perciben que las instituciones no responden con la urgencia necesaria.

 

La verdadera pregunta no debería ser por qué marchan, sino por qué aún tienen que hacerlo.

 

Hay a quienes les preocupa la pinta de bardas, monumentos y oficinas públicas, como si tuvieran más valor que las muertes o desapariciones de mujeres, o las mujeres violentadas. Tan sólo basta con tener un poco de empatía, nada puede suplir la brecha histórica que existe entre hombres y mujeres. Hay muchos años de ventaja para unos y desventaja para otras. Pintar es lo de menos.

 

Y poner vallas es realmente ofensivo e intolerante, en México está prohibido pensar distinto y manifestarlo, la prioridad será siempre cuidar de las cosas materiales y no a las víctimas.

 

La igualdad sustantiva no llegará únicamente con discursos ni con fechas conmemorativas. Requiere transformar las condiciones materiales que sostienen la desigualdad, redistribuir oportunidades, garantizar seguridad, reconocer el trabajo de cuidados y construir sistemas institucionales que no reproduzcan discriminaciones históricas. También implica que los hombres asuman un papel activo en la transformación cultural y no se mantengan como observadores pasivos de una lucha que también les requiere.

 

El 8 de marzo no es el final de una lucha sino una pausa en el camino para recordar que la igualdad sigue pendiente. Las marchas son una señal de alerta que atraviesa generaciones. Mientras las calles sigan llenándose cada año, el mensaje será claro, la deuda histórica con las mujeres continúa abierta.

 

Y cada pancarta levantada, cada consigna gritada y cada paso dado en esas marchas seguirá recordando algo fundamental: que la igualdad no se concede, se conquista.






Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *