La discusión nacional de la reforma electoral dejó una lección que en Hidalgo convendría mirar con calma. La 4T puede caminar unida pero no necesariamente alineada en todo ni a cualquier costo. El llamado Plan B avanzó en el Senado, pero no sin tensiones, ajustes y recortes al proyecto original; entre ellos, la salida del cambio sobre la revocación de mandato, que era el tema que más le interesaba a la presidenta Sheinbaum, en una negociación donde el PT marcó distancia y el Verde acompañó sólo parcialmente la ruta de Morena. Después, la minuta fue enviada a la Cámara de Diputados para continuar su trámite.
Eso importa en lo federal, pero importa todavía más en lo local, porque en Hidalgo esa relación entre Morena, el PT y el Verde nunca ha sido una historia de fidelidad plena, sino más bien de coincidencias útiles, intereses compartidos sólo por momentos y una convivencia política que, aunque funcional, también ha dejado ver sus propios límites. Dicho de otro modo: hay alianza en lo general, pero no una entrega total ni un solo proyecto político.
El punto es que las reformas en materia electoral son las que suelen revelar la verdadera unidad de un proyecto político. Y lo que esta última discusión nacional dejó ver es que ni el PT ni el PVEM están dispuestos a someterse por completo a Morena. La acompañan mientras les conviene, negocian mientras les sirve y se reservan el derecho de cuidar su propio espacio –y vida política– cuando sienten que el gigante puede terminar por aplastarlos. Esto, en últimas cuentas, no significa tampoco una ruptura, pero sí una advertencia: dentro de la 4T no todo es dogma, también hay cálculo.
En Hidalgo, esa advertencia suena todavía más fuerte. Morena sabe desde hace tiempo que su relación con el PT –controlado por el Grupo Universidad– está lejos de ser tersa o subordinada, y el Verde, por su parte, ya ha dejado ver que tampoco le supone una tragedia política competir solo en 2027. De hecho, desde septiembre de 2025, el PVEM en Hidalgo se declaró listo para ir sin alianzas si era necesario, una señal que confirma que un escenario donde pueda caminar por separado no es tan fantasioso.
Por eso, las próximas elecciones en Hidalgo podrían convertirse en la verdadera prueba de resistencia para la coalición gobernante. No sólo porque habrá que sentarse a negociar para repartir candidaturas, posiciones y expectativas, sino porque Morena tendrá que decidir si ejerce su poder político con inteligencia o si la usa de forma tal que termine alimentando resentimientos que luego el PT y el Verde puedan convertir en estrategia propia, porque si algo dejó la elección local de 2024 es la enseñanza de que hay 4T, pero también hay orgullo partidista, intereses territoriales y cuentas por cobrar.
Al final, el punto fino no está en una ruptura que, siendo objetivos, hoy no existe, sino en las grietas que empiezan a notarse cuando llega la hora de definir qué tanto vale la unidad y qué tanto cuesta sostenerla. Por lo pronto el PT y el Verde ya demostraron que están para sumarle a Morena, pero no a cualquier costo.





