Alejandro Moreno vino a Hidalgo y encontró lo que quizá nadie en la dirigencia priista quiere reconocer: un partido cada vez más pequeño, una militancia desencantada y una dirigencia estatal que parece más preocupada por conservar el control interno que por reconstruir al priismo.
La visita de Alejandro Moreno Cárdenas a la sede estatal del PRI en Hidalgo pretendía ser un acto de respaldo político. Llegó acompañado de la senadora Carolina Viggiano y del diputado federal Rubén Moreira, en el marco de la toma de protesta de los llamados Defensores de Hidalgo.
Pero las fotografías pueden ser engañosas. Detrás de los discursos, los abrazos protocolarios y las proclamas de unidad apareció una realidad mucho más incómoda: un PRI disminuido, con poca militancia y con escasa capacidad de convocatoria. Y eso debería preocupar mucho más que cualquier discurso de unidad.
El PRI en Hidalgo, como cualquier partido político, puede perder elecciones y sobrevivir; sin embargo, lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir cuando pierde la confianza de su propia militancia.
Alejandro Moreno llegó a Hidalgo para respaldar a la dirigencia estatal encabezada por Marco Antonio Mendoza y la michoacana Jenny Márquez. El problema es que el respaldo de la dirigencia nacional no necesariamente significa respaldo de las bases. El PRI hidalguense atraviesa una crisis que no se resuelve con fotografías, estructuras improvisadas ni eventos bautizados con nombres grandilocuentes.
Los Defensores de Hidalgo podrán tener un nombre atractivo, pero ningún movimiento político puede sustituir con nomenclatura la ausencia de militantes, organización territorial y credibilidad.
Atrás quedaron las plazas llenas, los auditorios y las calles pintadas de color rojo en apoyo al partido tricolor; lo que se vio ayer fue un partido que parece conformarse con demostrar que todavía existe, en lugar de demostrar que todavía tiene algo que ofrecer. El problema ya no es solamente electoral. Es existencial.
También apareció Rubén Moreira, convertido desde hace tiempo en una especie de comentarista político permanente de Hidalgo. Moreira tiene todo el derecho de criticar al gobierno estatal, para eso existe la oposición, pero también sería razonable preguntar qué tanto conocen los hidalguenses de su trabajo legislativo como representante de Coahuila y cuáles son los resultados concretos que puede presumir ante quienes sí votaron por él.
Resulta peculiar que un diputado federal de otro estado encuentre tiempo suficiente para opinar constantemente sobre la política hidalguense, mientras que su propia actividad como legislador parece tener mucha menos visibilidad pública.
Hidalgo no necesita tutores políticos externos. Mucho menos figuras que aparezcan solamente para repartir críticas y acompañar actos partidistas.
El otro protagonista involuntario de la jornada es Marco Antonio Mendoza. El dirigente estatal parece decidido a construir una candidatura rumbo a la gubernatura de Hidalgo. El problema no es que aspire. En política, aspirar es legítimo. El problema es con qué credenciales pretende hacerlo.
Mendoza tiene una enorme dificultad por delante, de entrada, convencer a una sociedad que no necesariamente comparte la lectura optimista que su grupo tiene de su futuro político. Su principal activo parece ser su cercanía con el grupo encabezado por Carolina Viggiano.
Gobernar un estado requiere mucho más que disciplina partidista. Requiere conocimiento territorial, experiencia política, capacidad de negociación, resultados, liderazgo social y, sobre todo, una relación propia con la ciudadanía. Un narcisista al frente de cualquier partido político, se convierte en el primer enemigo a vencer.
Un gobernador no puede llegar al poder como producto de una herencia de grupo. Y, mucho menos, en un momento en el que el PRI necesita desesperadamente recuperar credibilidad. El problema de fondo del priismo hidalguense no es solamente Marco Mendoza. Tampoco es Carolina Viggiano. Ni Alejandro Moreno. Ni Rubén Moreira.
El problema es una lógica política que parece haber confundido control partidista con liderazgo. Cuando las decisiones se concentran en pequeños grupos, cuando las candidaturas parecen definirse desde arriba y cuando la militancia solamente es convocada para llenar fotografías, el resultado inevitable es el alejamiento.
La militancia no es utilería electoral. No se le puede pedir que salga a defender unas siglas durante las campañas después de haber sido ignorada durante los años de decisiones internas.
El PRI y sus sepultureros están cada vez más lejos de fortalecer su negocio familiar, pero ahí siguen, succionando los lixiviados de un partido que les dio todo.





