Entre argüendes y argumentos

ATENTOS. ¿Cómo nos relacionamos en esta sociedad: siendo razonables o argüenderos?

Nadie da lo que no tiene. Algo se puede tener sólo formalmente (como un cerro contiene piedras), eminentemente (como un capitán contiene los atributos de un soldado), o virtualmente. Las capacidades de tipo virtual o potencial son aquellas que, sin actuar ahora, con esfuerzo, estudio y entrenamiento, en un futuro llegarían a ser habilidades funcionales, como una semilla puede llegar a ser, con el cuidado apropiado, un árbol con frutos. El homo sapiens lo es en potencia: virtualmente capaz de llegar a pensar bien. Pero la mayoría, sin entrenamiento, aún no podemos hacerlo, y no siempre razonamos lógica y coherentemente. Si todos actualmente argumentásemos formalmente con capacidad, nuestras conclusiones serían acuerdos convergentes, allanando disensiones políticas, diferencias en credo y opinión: seríamos la especie “homo rationalis.

 

¿MOTIVOS O RAZONES?

La moda mayoritaria es involutiva, decaemos al “homo affectus” porque preferimos argüendes. Los homo affectus somos impulsivos, opinamos diciendo “yo siento que…” y aventamos nuestro parecer… ¡cualquier boca puede opinar! Por esto fracasan la democracia, los debates y los coloquios: del fácil e inútil vómito de opiniones pasamos a las discusiones, al pleito, a los golpes y finalmente guerras.

Predomina lo emocional sobre lo racional. Confundimos “motivos” con “razones”. El “motivo” es la causa emocional de una acción, en cambio la razón tiene fundamento intelectual. Una “razón” es información probada y real o asumida como verdadera (dogma), por ello incluso muchas de nuestras “razones” no son fundamentos suficientemente sustentados, ni información incuestionable. “Mi razón” puede ser dogma verdadero, pero también una creencia falsa; una noticia que no nos consta, o una conclusión ilógica del pensamiento incorrecto. En consecuencia: si bien el motivo NO es un argumento, una razón tampoco es suficiente para la verdad. La verdad requiere argumentos basados en premisas reales, ciertas, verdades preferentemente demostradas; y además: razonamientos correctos.

El tratamiento ideal de la información debiera ser “en frío”, mediante un análisis racional libre de sentimentalismo; pero los humanos no somos máquinas insensibles, ergo, no somos inmunes a la información que “calienta”. Podemos tener motivos para desear lo que supuestamente nos “conviene” o agrada, sin embargo, cuesta mucho esfuerzo separar y aquietar los sentimientos. Precisa arduo entrenamiento mental razonar bien y fundamentar con argumentos lógicos y válidos, coherentes con hechos positivos, documentados o experimentados. No es fácil distinguir la realidad que “es”, al margen de lo que “nos parece” o “queremos que sea”, al margen de prejuicios, supersticiones, creencias, o conveniencias. Incluso en los paradigmas de la élite científica se filtran errores humanos. La verdad científica es falible porque el paradigma científico es humano y no está libre de emociones, prejuicios, suposiciones, clichés y hasta creencias. Además, cada ciencia tiene limitaciones en su objeto y método epistemológico.

 

EL RETO DE LA OBJETIVIDAD

Es difícil pasar de la percepción subjetiva personal a la realidad del objeto, lo objetivo independiente del sujeto. Una hipótesis parece verdad porque “encaja” y se ajusta para explicar suficientemente un fenómeno, mas no tiene suficientes bases. Una tesis se propone como afirmación que “debe” aceptarse provisionalmente, porque hay indicios que soportan cierta correspondencia con la realidad, pero falta demostrarla, contrastándola con las objeciones de la antítesis en contra. Se modifica la tesis con el aporte de las nuevas objeciones y se acepta la síntesis cuando las pruebas fidedignas demuestran que es real y verídica. Así deberían ser la ciencia y el derecho.

 

QUE PASEN LOS ARGÜENDEROS

En contraposición, usamos el “argüende”, un tipo de discusión o berrinche que se distingue por una oralidad retórica o altisonante y se caracteriza por expresar una opinión, capricho o creencia mediante verborrea visceral, la cual, carente de fundamento racional se apoya en motivos. El argüende expresa las emociones y sentimientos en los que se basa; prefiere embellecer y retorcer la forma superficial con retórica antes que sustentar el fondo con evidencia simple y cruda; presume las apariencias sin mostrar las esencias. La verborrea es altisonante si eleva el tono de la voz, surge del instinto animal y primitivo de autoridad: “Quien ruge más fuerte domina”. El argüendero siente que vence al oponente por detentar en exclusiva el uso de la palabra, sin cederla; afirma y califica sin demostrar, acusa, señala, intimida, y “cuestiona” pero sin dar el derecho de réplica, no le interesa escuchar, porque no admite objeciones, se siente en posesión de la verdad y realmente quiere callar y anular a quien ve como adversario.

El susceptible se siente “afectado” y se victimiza buscando conmiseración, o se inventa ser “agredido”, para “defenderse” justificando su agresividad, se cierra a escuchar o comprender, pero reclama comprensión. Se lo toma personal, se ofende y reacciona visceralmente, grita, manotea, ataca hiriendo, ofendiendo a la persona (repitiendo lo que el otro dijo parodiando el tono de un retrasado mental) y trata de ganar aceptación popular por la burla, esperando que el resto de espectadores se rían del otro, pero no pasa de escupir su opinión o creencia gratuita sin bases… y con un juez o jurado igual de incompetente, al final, acaso gana la persona y su idea, mas no la verdad.

 

RESPETO A LOS QUE OPINAN

Se debe respetar a quien opina. Empero, expresar una opinión personal es un derecho que implica responsabilizarse del qué y cómo se dijo. Nótese que una opinión debe separarse y diferenciarse de la persona en sí. No es obvia la diferencia, pero puede respetarse a la persona sin aceptar su opinión, y en particular no debe respetarse la opinión en sí cuando es equívoca, errónea o absurda… y mucho menos cuando es una estupidez que pretende imponerse usurpando la calidad de verídica… y “legalizarse” para que nos obligue a todos.

Contrario al argüende, el argumento es un tipo de razonamiento que se distingue porque prueba y fundamenta una afirmación o tesis caracterizada por utilizar una gramática con forma de silogismo lógico, cuya expresión verbal viene de un razonamiento coherente con la verdad y la realidad. Además de ser consistente con la lógica, se basa en premisas verdaderas, o hechos y evidencia demostrables. Al argumento NO le es propio expresar sentimientos, eufemismos, pareceres ni opiniones personales, sino razonamientos, esencias, la realidad del ser y verdades objetivas. Los oponentes no son las personas, sino las ideas. No hay adversarios, sino aprendices, agradecidos ante críticas que descubren un sofisma, falacia, error u omisión en que incurrimos. Aunque no agrada estar equivocados, no debemos ver oponentes, sino colegas en la búsqueda de la verdad demostrada con evidencia, para que el intelecto la acepte en común. El reto es hacer obvio lo confuso que produce la discusión. Al final, domina la claridad de ideas y la fuerza de la evidencia.

Quien argumenta no pelea. Discute fríamente, usa la razón, busca la verdad y no personaliza las oposiciones, no se siente herido ni atacado mientras se debate la idea, aunque su cruda expresión hiera la delicada susceptibilidad sentimentaloide de personas cuya educación es igualmente sensible y frágil. Quien sabe argumentar ni busca ofender, ni se ofende tan fácil.

He polarizado estas dos actitudes cuando en la vida real se mezclan en diferentes grados. Las personas revolvemos argumentos más o menos estructurados con argüendes más o menos montados, ya sea al hablar o al escribir adjetivos con cierta retórica. Como humanos nos es fácil mezclar razones con sentimientos y nos es muy difícil separarlos.

Cada persona tiene derecho a tener y manifestar su opinión, mientras no trate de ofender. Esta opinión, no obstante, está limitada al ámbito individual, y no es obligada fuera del “Yo”. El reto y conflicto surge al imponerla al otro. Mi cargo no me otorga la razón “per se”. ¿Hasta dónde como autoridad gobernante, legislador, empresario, padre o docente puedo obligar al otro? Por ello hay relevancia internacional, social, comunitaria, familiar, y de pareja: en situaciones, ideas y temas que impliquen normas, leyes, conductas, acciones o compromisos comunes, todos deberíamos estar de acuerdo.

La historia nos embarra nuestra incapacidad de raciocinio: cada guerra testifica que somos inhumanos fratricidas peores que las bestias al aniquilar a quienes no aceptamos, y que bajo las hipócritas máscaras de Patria, Estado o Credo, queremos por la “Ley del más Fuerte” (violento y argüendero) imponer cuando no sabemos convencer con la razón, porque en el fondo, sólo importa el poder y las armas para intereses económicos personales. Judíos racistas e intolerantes lucharon contra israelitas y gentiles, pero se victimizan del antisemitismo. Desde antiguo somos naciones de migrantes invasores que no toleraron a los nativos y los exterminaron, violentando todos sus derechos, y ahora no toleramos otros migrantes. Al otro y diferente lo trajimos como esclavo, y ahora nos cuesta tolerarlo. Alemania fue muy tolerante con el nazismo, con conocidos resultados; los del Islam no toleran a quienes llaman “infieles”, y todos sentimos que tenemos la razón. Nuestra conducta prueba y demuestra nuestras decisiones egoístas, viscerales, destructivas, instintivas e intuitivas antes que bien razonadas y argumentadas para construir el bien común… ¡aún si es egoísmo nacionalista en contra del mundo entero!

 

LA PARADOJA DE LA TOLERANCIA

La “Paradoja de la Tolerancia” (1945) del filósofo austriaco Karl Popper plantea que “si una sociedad es infinitamente tolerante, tolera incluso a los (dictadores) intolerantes, quienes al no tener oposición, ocupan el poder, y desde allí, destruyen la tolerancia”. Popper concluyó que para mantener una sociedad sustentable y tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia. Se concluye que la tolerancia tiene un límite necesario. Educar es una obligación, pero se educa desde y para límites reglamentarios, una ideología, una cultura y una legalidad. Tales normas comunes limitan la libertad individual, y lamentablemente, siempre van a “violentar” los caprichos de individuos o países egoístas, intolerantes e inconformes con algunas prohibiciones.

Los temas comunes no pueden imponerse desde la mera opinión personal, porque no vivimos solos, sino en familia, comunidad y sociedad global. Es ineludible la urgente necesidad de saber argumentar bien para lograr acuerdos mutuos y soluciones de conjunto. Es preciso no tolerar al argüendero “homo affectus”, visceral, impositivo, efervescente y amante de la violencia, que busca vencer al adversario, sino promover el frío, pero más humano homo rationalis”, de habilidad científica, experto del argumento y la evidencia, que no ve un oponente sino un aliado, donde ambos aspiran a la verdad, y se unen en la discusión dialéctica, el diálogo tesis – antítesis, para aprender de la visión del otro, colegas en la demostración conjunta, viendo en la crítica un buen consejo para subsanar los defectos de nuestro argumento. El antagonismo es aparente. El crítico ejercita la antítesis buscando debilidades como aporte para mejorar la tesis, no para ridiculizarla ni destruirla. Y el postulante ofrece la tesis donde no ve objeciones, no para imponerla, sino buscando más objeciones en la perspectiva de los demás. Al final, la síntesis es un triunfo compartido, donde no hay personas derrotadas, sino progreso mutuo en el argumento, en la construcción del conocimiento, de la verdad, y de la paz. Ni en la escuela universitaria hemos alcanzado este espíritu, pero podemos y debemos educar las mentes en tal espíritu para trascender al “homo rationalis”. Dicha educación es una obligación personal, familiar y del Estado. Sin argumentos, cualquier relación, religión, ideología o forma de gobierno no pasa de ser utopía, mito y fantasía imposible de realizar.

Autor: Carlos Enrique Arias Vera

"Carlos Enrique Arias Vera, un ser humano peregrino por la vida, oriundo de una ciudad (Pachuca) y familia cosmopolitas, y diversificado en variadas aficiones, entre ellas el canto y las letras, docente de vocación, con grado de maestría, de profesión ingeniero civil. Tiene una curiosidad versátil y siempre insatisfecha. La mezcla de su formación académica, con la afición autodidacta a las artes y la práctica de algunos deportes y actividades, le confieren una cosmo visión personal sui géneris que comparte al tamiz de una filosofía dinámica, incluyente y matizada, y al igual que México, evoca un crisol del cual emerge un mosaico de opiniones y observaciones."


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