Feliz a medias

Aunque en general mi vida marcha bien, llevo varios meses con la mirada triste, lo noto en las fotos que me tomo y me pregunto si esta es una etapa o tengo que hacer algo para que mi boca y ojos sonrían. Porque no quiero ser feliz a medias.

Llevo varios meses con la mirada triste. Lo noto cuando me tomo fotografías que subo a las redes o que guardo en mi teléfono para volver a ellas dentro de uno o dos años. Aunque mi boca sonríe, mis ojos no; después del click me doy cuenta de que me miro casi a punto de llorar. Y no sé por qué.

Suelo tomarme fotos cuando estoy feliz, cuando me siento especialmente linda, cuando visito un lugar nuevo, cuando estoy aburrida, pero en paz. Últimamente mi carpeta de imágenes está llena de paisajes o platillos, pero no de mí, como antes.

Cuando veo mis ojos tristes hago un repaso del día, o de la semana, pero no doy con algún evento que los explique. En general, mi vida marcha bien, en calma, sin los sobresaltos de hace años que me hacían llorar hasta quedarme dormida; de hecho, ya casi no lloro. Y es por eso que siento la necesidad de saber por qué esa tranquilidad no se traduce en una mirada feliz.

Debo reconocer que han sido meses y años ásperos, agridulces, agotadores; un paso después del otro, un tropiezo y luego otro más, sin descanso porque el afuera exige estar siempre en acción. Es cierto que sigo de pie, pero no tengo la certeza de que sea por fuerza y convicción, sino quizá porque no he tenido opción. Siempre hay opciones, me dice mi cabeza, pero también me dice que rendirme no forma parte del catálogo de cosas que puedo permitirme… aunque debería, por lo menos unos cuantos días.

Pienso que mi mirada triste se debe al tiempo -no sé cuánto- de desilusión constante, al dolor de las pequeñas y grandes pérdidas que conlleva la vida y que, si bien permiten seguir siendo funcional, no hay manera de que pasen inadvertidas.

Finales de cualquier tipo, ausencias que se vuelven abismos, despedidas en medio del caos o en silencio, desgano por aclarar malos entendidos, bifurcación de caminos, apatía por dejar el celular y hacer algo más que ver memes como distracción. Todo a la vez y en repetición.

Nunca he vivido tan en paz como ahora y, sin embargo, mis ojos en las fotos parecen luchar por contener un diluvio.

A veces temo que se me haya extinguido la chispa que detona una mirada feliz; temo que ya nada, ni siquiera todo lo increíble que tengo y me pasa ahora en la vida, baste para encenderme un fueguito que me mantenga en calor cuando arrecie el invierno. A veces pienso que pienso demasiado.

Elegí la peor época para estar quieta, gris y en silencio, porque todo afuera es prisa, luces de colores y ruido. Porque me pregunto si esta es sólo una etapa en la que me toca ser paciente, e incluso estar inmóvil, o si debería estar haciendo algo (no sé qué) para que mi boca sonría y mis ojos también. Porque no quiero ser feliz a medias.

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Por: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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