Hay una forma de ejercer el poder que no siempre hace ruido, pero que termina pesando más. No es la del golpe público en la mesa, ni la de la frase incendiaria, ni la del funcionario que confunde carácter con estridencia. Es otra: la de quien entiende que el primer mensaje de un gobierno ante momentos complicados o de crisis no debe aumentar la temperatura, sino contenerla.
Eso, en estos tiempos, no es común. Vivimos en una época donde la política premia la reacción inmediata, la ira de utilería y la declaración diseñada para viralizarse. Muchos creen que gobernar es hablar fuerte, responder rápido y colocarse siempre en el centro del conflicto, pero generalmente el que más grita no es el que mejor conduce. En la tensión, quien conserva la calma tiene más claro el tamaño del problema y con esto va un paso adelante.
Dicho esto, en Hidalgo parece suceder algo así: en distintas coyunturas recientes, el gobernador Julio Menchaca ha recurrido a una expresión que parece simple, pero que en política no es menor: llamar a la calma. Lo ha hecho ante hechos de seguridad, emergencias, contingencias y momentos donde la conversación pública fácilmente puede irse al exceso, al rumor o al sobresalto. Y vale la pena detenerse ahí, no para convertirlo en elogio fácil, sino para observar esa característica: con el tiempo, hemos visto que Menchaca suele administrar la crisis desde la serenidad.
Esta serenidad, por supuesto, no resuelve por sí sola una crisis, pero sí ordena el primer piso de cualquier respuesta: evita que el gobierno se vuelva parte del descontrol. Por eso, en una sociedad cansada de sobresaltos, rumores y versiones cruzadas, que una autoridad no se cueza al primer hervor es poco común de ver.
Hay momentos en que se necesita firmeza, decisiones, coordinación y explicación pública, pero sin el aspaviento típico de los nuevos políticos de redes. En la arena pública, la madurez se nota cuando una autoridad no necesita sobreactuar para demostrar que está presente. En el caso de Menchaca, esa serenidad parece ser parte de su manera de gobernar: más controlada, más institucional, menos dada al espectáculo.
En tiempos donde la política se confunde con ese espectáculo no pedido, la serenidad es una forma de autoridad. No sustituye los resultados ni exime a ningún gobierno de rendir buenas cuentas, pero sí marca una diferencia en la manera de enfrentar los momentos difíciles. Cuando hay crisis, la ciudadanía no necesita que el poder se altere, necesita que alguien conserve el centro, explique con claridad y tome decisiones sin perder la cabeza y en eso, Menchaca ha construido un estilo político reconocible.





