La comprensión ontológica 52

La filosofía es un modo de ser de la humanidad.

 

52.1     ¿Se puede pensar el ser? No, sólo el ente. ¿El ser del ente? El hacer del ente. ¿Y el hacer del ser? No tiene sentido. ¿Y el ser del hacer? No puede pensarse. ¿Ni haciéndolo? Podría pensarse pero no racionalmente sino en un sentido sensible. Y el ser, ¿puede pensarse en dicho sentido? Por supuesto: el ser poético de el ser.

 

52.2    Me asomé por la mirilla de la puerta: un corpulento sujeto de chamarra de cuero, lentes oscuros y cabello güero. Siento que me mira, me retiro un poco y, luego de una pausa, vuelve a tocar. Me alejo de la puerta para preguntar:

—¿Cómo sé que vienen de parte de mi prima?

—¿A poco no me cree? —responde burlón.

—Ya tengo experiencia con gandallas.

—¿Gandalla? ¡Soy abogado!

Vuelvo a la mirilla, lo noto impaciente y replico:

—Entonces muéstrame una identificación. ¿Traes tu cédula profesional?

—No la chingue, joven.

—O llamo a la policía.

Niega con la cabeza poniendo sus manos en la cintura, mira hacia la puerta y, luego de unos momentos, saca su cartera, una identificación y una tarjeta que aproxima a la mirilla.

—Acércalo más.

—¿Ya?

Leo: Licenciando Fernando Puig / Derecho Fiscal

—Ya.

—¿Ahora sí me cree?

—No hablas como abogado.

—Eso no importa, ya nos tenemos que ir.

Abrí la puerta esperando que salieran otros sujetos para aprehenderme, pero nada, afortunadamente sólo estaba él en el pasillo.

—¿Puedo pasar? —me pregunta, asiento y, acto seguido, entra sin cerrar la puerta.

—¿Adónde nos tenemos que ir?

—La señora Constanza me ordenó que lo llevara al rancho.

—¿Al rancho? ¿Cuál rancho? ¿Y para qué?

—Eres muy preguntón, chamaco. Tú arréglate y vámonos.

—Ya estoy arreglado.

—Pues vámonos.

—¿Vamos a regresar?

—Sí, sí.

Me mintió, nunca regresamos y allí dejé mi libreta con apuntes filosóficos.

 

52.3    Todos los días pensaba en Dalia: sus ojos oscuros, labios rojos y nariz italiana; su forma de caminar, segura y entera; su forma de sonreír, bella y universalmente verdadera; su forma de hablar, con dudas hermosamente sensibles y certezas profundas; su forma de tocar, precisa y sincera; su forma de besar, eterna e infinita; su forma de mirar, tocar y escuchar.

Su forma de ser y devenir.

 

52.4    ¿Cuál es el concepto de concepto? ¿El significado de significado? ¿La definición de definición? El primero es un reflejo, el segundo es una práctica de utilización y el tercero una convención formal. ¿La trinidad del análisis filosófico? La condición de posibilidad de dicho análisis.

—Pero de nada sirve —me aclara mi hermano— si tu interpretación sigue siendo metafísica.

—¡Hermano!

Despierto súbitamente, recupero la consciencia y, tras observar mi entorno, me doy cuenta que seguimos viajando por la carretera; adelante el chofer, un negro corpulento, y de copiloto el licenciado Puig. Yo viajo en el asiento trasero de la lujosa camioneta.

—¿Tienes un hermano? —me pregunta Puig.

Asiento en silencio.

—A qué te dedicas ¿eh? —me pregunta, voy a responder pero se me adelanta—. Porque hablas puras pendejadas dormido.

Ambos ríen.

—Soy escritor —respondo cuando llega el silencio.

—¿Y qué escribes?

—Para ti: pendejadas.

Me voltea a ver serio, con ganas de replicarme pero sólo me advierte:

—Vamos a ver si tus pinches chistes le parecen graciosos al patrón.

¿Al patrón?

—¿Adónde vamos? —insisto.

—Ya te dije que al rancho.

—¿Falta mucho?

—Ya falta menos.

—¿Allá me espera Constanza?

—Quizá.

La camioneta ascendió por una extensa recta entre dos grandes cerros, el clima tropical ha cambiado al paisaje boscoso con cierta humedad templada y detrás de nosotros viene otra camioneta.

—¿Saben qué es la filosofía? —les pregunto, el conductor me mira por el espejo retrovisor y Puig voltea a verme serio, ambos en silencio.

 

52.5    El retorno a los años nietzscheanos, ahora más que nunca tenía que recurrir a su vitalismo para sobrevivir en un mundo de riesgo, peligro y muerte constante; una instancia de oscurantismo social, clandestinidad moral y un brutal pragmatismo económico; una realidad ilegal, violenta y sumamente mortal.

El crimen organizado.

Por llamarle de una forma, sentido o hecho social; empero, es el mundo de la injusticia por definición, el significado de la ruptura institucional y el concepto del poder político bajo las sombras. El verdadero mundo subterráneo, de extorsión y contrabando. No lo supe en un principio, por supuesto, pero tampoco pasó mucho tiempo para que dicho universo mostrase su naturaleza por completo. Paulatina-mente, escalonada-mente, progresiva-mente. ¿Y yo qué podía hacer hecho al respecto? Nada, no tenía alternativas, sólo seguir sobreviviendo hasta cumplir dieciocho años y, finalmente, poder escapar de todo y de todos. Buscar a Dalia e irme lejos con ella. Escapar de la sociedad, sus valores impuestos y cadenas prescriptivas. Irnos a una playa, al mar, a nuestro cielo. Nuestro cielo…

El sol de la tarde deslumbró mi mente, recuerdos y proyecto existencial cuando llegamos al rancho El mandarino, un largo paseo entre una descomunal huerta de aguacate que concluye en una glorieta con tres grandes accesos: a la izquierda las caballerizas, a la derecha los jardines y cabañas y, al centro, el casco de una titánica hacienda remodelada.

Me dejaron esperando en la camioneta en lo que Puig y el negro Reyes se vieron con un flaco caporal de pelo largo-canoso; miré hacia las caballerizas y un grupo de chicos y chicas, evidentemente adinerados, llegaban de una larga cabalgata. Miré hacia la casa y me llamó la atención una pintura en el portal, me bajé de la camioneta y de inmediato me sujetó por el brazo uno de los sujetos de la otra camioneta.

—Hey, ¿adónde vas?

—¿Qué estamos esperando?

—Al “lic”, orita viene.

—¿Puedo ir a ver a esa pintura?

—¿Cuál pintura?

Esa.

La mira, me mira y, luego de una pausa, me dice:

—Pero no toques nada, carnal.

—No tardo —digo dirigiéndome al portal.

—¡De aquí te vigilo!

Una pintura sobre el mundo griego, un joven semidesnudo es atacado por una chusma que quiere lincharlo mientras lo agreden violentamente y, detrás de los cielos, se ven los ojos del sol. ¿Los ojos de Dios? Mis ojos, mirándome, reflejándose

—¿Tú quién eres?

Volteo, una chica de cabello rubio me mira cruzada de brazos y, acompañada de otras dos, me reclama molesta:

—Yo no te conozco, ¿qué haces aquí?

—Vine a ver al patrón —respondí por responder, las otras chicas ríen pero ella se mantiene seria.

—Ya vámonos, Vera —le dice una.

—Qué oso —le dice la otra—, es un empleado más.

Y se retiran riendo, excepto Vera. Regreso a la pintura y, místicamente, me veo reflejado en aquel muchacho.

—¡Hey! —me dice Puig—. Te voy a enseñar tu cabaña, mañana verás al patrón.

El “Cortéz”, un sujeto calvo, con barba y vigilante del lugar, me acompañó a una sencilla pero bonita cabaña de madera situada en una huerta frondosa de ciruelos. El tipo de dijo que al día siguiente me darían mi caballo de regalo, me sorprendió el detalle y, irremediablemente, recordé a Tezca, mi caballo negro del rancho de mi abuelo.

Encendí la chimenea, encontré un paquete de veinte cajetillas de Camel en el cajón de la cómoda y una Biblia en el buró. Me senté en la cama, encendí un cigarro y abrí una página al azar:

 

«Esta luz resplandece en las tinieblas,
y las tinieblas no han podido extinguirla»

Juan 1:5

 

Y, luego de un hondo silencio de prolongada reflexión, me puse a escribir en la pared con un plumón.

 

Continúa 53

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".







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