Si te duele la piel

Un día, cuando menos lo esperamos, podemos encontrarnos a nosotros mismos en los ojos de extraños que parecieran conocernos desde siempre.

Transitaba despreocupado en esa urbe de asfalto y cristal, iba recordando el tibio sol de París, en ese otoño en que me embarqué pensando en la metrópoli de la cultura, el té y las pasarelas en Campos Elíseos.

Nada me costó aterrizar, me tocó el brazo y con la desconfianza de este mundo de violencia e incertidumbre, di vuelta la cara para enfrentar lo que viniera; se trataba de un hombre de barba blanca y un abrigo sucio, quien me pidió una moneda, busqué en mi bolsillo y se la entregué. Iba a seguir mi destino, pero al ver sus ojos de hombre perdido me atreví a preguntar: “¿De dónde eres?”, él respondió: “Ahora de ningún lugar, no tengo una calle en especial, me acomodo en el piso que esté más cálido y que no esté mojado, porque ya soy un anciano y la humedad me daña, hace que me duelan los huesos”.

Entonces fui más específico, le pregunté dónde nació y me contestó: “Los hombres como yo no tenemos espacio o tiempo, somos viento suave que emerge del corazón de otros, y como todo viento, nos desvanecemos en el aire para estar en el cielo infinito”.

Me cautivó la respuesta del anciano, comprendí que un alma grande no necesita instrucción para ver dentro de los ojos del pensamiento; me regocijó pensar que enfrente tenía a un ser humano intelectual. Mi curiosidad se incrementó y no me atreví a abandonar la conversación, entonces le dije: “Es un verdadero gusto oírte hablar del viento que corre en nuestro ser, siempre he pensado que la vida es un aliento suave y que nuestra alma es la savia que inunda nuestros pasos que no siempre tienen rumbo o dejan huella”.

El anciano sonrió y dijo: “Ya te había visto con tu caminar despreocupado, me recuerdas a los globos de los niños que se agitan sin rumbo fijo; eres como el colibrí: vertiginoso, impaciente y ausente”.

Me impactaron sus palabras, vi en sus ojos toda mi vida reflejada; él había advertido la desolación del mundo sórdido en mis pasos perdidos, del que no te mira ni miras, que en la mancha de asfalto y cristal encierra el castigo indiferente de aquellos que, con la impaciencia del colibrí, nos hemos extraviado en la vida.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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