En política, cambiar de partido puede justificarse bajo el argumento de la evolución ideológica, las nuevas circunstancias o la búsqueda de coincidencias programáticas. Pero cuando los saltos ocurren una y otra vez, atravesando colores, discursos y proyectos completamente opuestos, la narrativa deja de parecer convicción… y comienza a parecer simple supervivencia política.
Eso es precisamente lo que hoy comienza a generar molestia y fuertes cuestionamientos entre sectores de la militancia morenista en la Huasteca hidalguense, particularmente en Huazalingo y Atlapexco, tras el nuevo acomodo político de la familia González-Mejía.
La ruta partidista resulta imposible de ignorar.
En 2016, Julio César González “Yoni” fue candidato del Partido Nueva Alianza. Perdió.
En 2020 reapareció bajo las siglas del PRI. Ganó.
Más tarde, impulsó políticamente a su esposa, Vanessa Mejía, bajo la bandera del PT. También ganó.
Y ahora, en 2026, ambos encuentran cobijo en Morena.
Cuatro partidos distintos en apenas una década.
Panal, PRI, PT y ahora Morena.
La pregunta que comienza a recorrer los pasillos políticos y las bases del movimiento es inevitable: ¿existe realmente una identidad política o solamente una estrategia permanente para mantenerse en el poder sin importar el color?
El tema cobra todavía mayor fuerza porque no se trata únicamente de una adhesión simbólica. Hoy, Julio César González ha sido nombrado Coordinador Territorial del Polígono 12 de los programas del Bienestar y apoyos del Gobierno del Estado en Atlapexco, una posición sensible políticamente y de enorme peso territorial.
Y ahí es donde emerge el verdadero malestar.
Porque mientras personajes que militaron durante años en Morena, que caminaron bajo el sol cuando el movimiento apenas nacía, que defendieron el proyecto de Andrés Manuel López Obrador cuando pocos creían en él, siguen esperando espacios y reconocimiento… los recién llegados aparecen premiados con estructuras, cargos y proyección rumbo al futuro electoral.
La inconformidad de muchos fundadores no nace solamente del nombramiento. Nace del simbolismo.
Para una parte de la militancia histórica este tipo de decisiones alimenta la percepción de que Morena corre el riesgo de convertirse en refugio político de actores que antes combatieron o simplemente utilizaron otras siglas mientras les resultaron convenientes.
Y el escenario se vuelve todavía más delicado ante las versiones que colocan a “Yoni” como aspirante a una candidatura a la diputación local. Porque entonces la discusión deja de ser administrativa y se convierte en una batalla por la identidad misma del movimiento.
¿Dónde quedan quienes iniciaron desde abajo?
¿Dónde quedan quienes tocaron puertas cuando Morena no era gobierno?
¿Dónde quedan quienes resistieron políticamente durante años sin saltar de partido en partido?
La política pragmática puede construir victorias electorales rápidas, sí. Pero también puede erosionar silenciosamente la credibilidad interna de un movimiento que nació prometiendo ser distinto a los partidos tradicionales.
Y quizá ahí radica el fondo del debate que hoy comienza a encenderse en la región.
Porque para muchos militantes, el problema no es que nuevos perfiles lleguen a Morena. El problema es cuando quienes brincaron de un proyecto a otro terminan ocupando primero los espacios de poder… mientras los fundadores observan desde la orilla cómo la historia que ayudaron a construir parece comenzar a olvidarlos.





