El Pase Turístico que es todo menos turístico

Si una política nace por razones ambientales, dígase con todas sus letras, no pasa nada, incluso puede defenderse mejor. Lo que resulta difícil de sostener es que quieran presentarla como una herramienta casi amigable para el turismo –porque hasta “mascota” tiene– cuando en los hechos impone una carga más al visitante.

Hablemos de turismo, no de medidas medioambientales. En Hidalgo tuvimos la brillante idea de llamar pase turístico a un trámite que, en esencia, funciona como filtro, control y requisito. Así, con esa facilidad que se tiene para bautizar –o simplemente copiar– las cosas con un nombre bonito aunque signifiquen lo contrario. Porque no, esto no es turismo: esto es una bienvenida… pero a la burocracia en línea.

 

Nadie discute que el fondo ambiental pueda tener lógica. El flamante pase turístico regula emisiones, ordena la circulación y cuida la calidad del aire; cuestiones no sólo válidas, sino necesarias. El problema empieza cuando una medida pensada desde la lógica ambiental se vende como si fuera un gesto de hospitalidad para el visitante. Y ahí está el primer tropiezo: al turista no se le conquista con permisos, registros y verificaciones digitales; al turista se le atrae con facilidades, claridad y confianza.

 

Más todavía cuando el propio pase obliga a registrarse, verificar correo, capturar datos del vehículo, elegir días específicos, imprimir el documento y colocarlo en el parabrisas. ¡Pero es gratuito!, sí, pero gratuito no significa atractivo, y mucho menos turístico. Si para venir a descansar, visitar un balneario, recorrer uno de nuestros maravillosos Pueblos Mágicos, comer barbacoa o pasar Semana Santa en Hidalgo primero hay que entrar a una plataforma y sacar permiso, entonces más que turismo, lo que estamos promoviendo es la paciencia.

 

El detalle político-administrativo tampoco es menor. A unos días de la temporada vacacional de Semana Santa, la secretaria de Medio Ambiente hidalguense, Mónica Mixtega, salió a informar cómo va la medida y presumió miles de pases tramitados. El gobierno puede leer esa cifra como éxito de implementación, pero también podría leerse de otra manera: esos números son la prueba de que miles de personas tuvieron que pasar por un requisito adicional para circular en el estado. Porque una cosa es presumir eficiencia operativa y otra muy distinta suponer que cada trámite nuevo mejora la experiencia del visitante.

 

Y luego está el problema de comunicación pública. Si una política nace por razones ambientales, dígase con todas sus letras, no pasa nada, incluso puede defenderse mejor. Lo que resulta difícil de sostener es que quieran presentarla como una herramienta casi amigable para el turismo –porque hasta “mascota” tiene– cuando en los hechos impone una carga más al visitante. Nombrar mal una política también es una forma de diseñarla –o copiarla– mal, porque si el turista siente que antes de entrar ya le pusieron una condición, lo último que pensará es que lo estamos recibiendo con los brazos abiertos.

 

Hidalgo necesita cuidar su medio ambiente, sí, pero también necesita entender que el turismo no se construye a punta de requisitos, si no pregúntenle qué opinan realmente de la medida al gremio de hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos, que todos los días y fines de semana luchan por atraer visitantes.

 

Una política pública orientada a fomentar el turismo y atraer visitantes se construye haciendo fácil la llegada, clara la información y grata la estancia. Tal vez el pase no sea el gran villano, pero llamarlo turístico cuando opera como control vehicular es, por decir lo menos, una tomada de pelo. Y es que si de verdad queremos atraer visitantes en vez de ahuyentarlos con trámites, quizá ya va siendo hora de preguntarnos algo muy básico: ¿estamos diseñando programas para recibir turistas, o sólo para administrarlos?






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