Lo ocurrido con el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, es un episodio que se ha vivido en la historia de la política en el país en algunas otras ocasiones, pero con la diferencia que hoy le explota en la cara a Morena y pone contra las cuerdas a todos quienes defienden el movimiento y los ideales que pregonó su máximo líder Andrés Manuel, y que a muchos años de distancia hoy se sabe que fueron parte de su estrategia para dogmatizar a sus seguidores y fanáticos que creyeron en él y que incluso aún siguen creyendo, aunque sus hijos tengan vidas ostentosas alejadas de lo que tanto pregonó su padre.
Apenas el fin de semana, Rocha Moya solicitó licencia al cargo de gobernador con el mensaje muy poco creíble de que él es inocente, aunque semanas antes había dicho que no se separaría del cargo. Una incongruencia muy particular que pone en entredicho el mensaje oficial en uno de sus principios. No mentir.
La lista de ejemplos puede ser muy larga, como el caso de Roberto Borge Angulo, el exgobernador priista que en junio del 2017 le fue girada una orden de aprehensión en su contra acusado de lavado de dinero, además de que se abrieron investigaciones en contra de muchos excolaboradores y amigos por complicidad. Fue detenido cuando intentaba salir de Panamá rumbo a París.
El caso de Jesús Orta, quien fuera secretario de Seguridad Ciudadana en la CDMX en el gobierno de la entonces jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum. Este funcionario tuvo que solicitar licencia al cargo luego de que la Interpol girara una ficha roja en su contra y también de Frida Martínez, quienes eran buscados por delincuencia organizada y lavado de dinero.
También se puede ejemplificar con lo ocurrido con Francisco Javier García Cabeza de Vaca, aquel panista que fue gobernador de Tamaulipas. En abril del 2021 la Cámara de Diputados votó en favor del desafuero de Cabeza de Vaca, ante los señalamientos de recursos financieros de procedencia ilícita y narcotráfico. Este personaje señaló públicamente al exencargado de Despacho de la PGJEH, Santiago Nieto, de haber fabricado pruebas en su contra.
Es decir, hay muchos ejemplos sobre hechos aparentemente de corrupción donde se solicita licencia y no vuelven a ocupar el cargo. Pero el impacto no se queda en el ámbito local. Morena, como partido en el poder, no puede aislar esta crisis como un problema individual. La figura de Rocha Moya está vinculada al proyecto político que representa el movimiento, y cualquier desgaste en su imagen tiene efectos colaterales. La narrativa de transformación, de combate a prácticas del pasado y de cercanía con la ciudadanía enfrenta aquí una prueba incómoda.
Morena ha construido buena parte de su legitimidad en la idea de ser distinto en las formas, en prioridades y en resultados. Sin embargo, cuando un gobierno emanado de sus filas enfrenta una crisis de esta magnitud y no logra resolverla con claridad, esa narrativa comienza a resquebrajarse. Y es que lo mínimo que se exige es coherencia.
El riesgo es doble. Por un lado, el desgaste de la figura del gobernador, que ve comprometida su capacidad de gobernabilidad. Por otro, el impacto en la marca política de Morena, que enfrenta el desafío de sostener su discurso frente a realidades complejas.
Desde luego, no puede ignorarse en estos casos la expectativa ciudadana. Morena llegó al poder con la promesa de transformar la manera de gobernar. Eso implica no sólo decisiones distintas, sino también respuestas distintas ante las crisis. Cuando esas respuestas no llegan o no convencen, la distancia entre expectativa y realidad se amplía.
Rocha Moya hoy enfrenta el peso completo de señalamientos y reflectores en su contra. Mucho se ha dicho sobre su probable participación y relación con la delincuencia organizada. Los Estados Unidos han tensado la relación con México, pero hay que aceptar que sin elementos no pone el dedo en la llaga, y muy seguramente a diferencia de México, tiene pruebas contundentes que tendrá que presentar en los próximos días para buscar la detención del ahora exgobernador de Sinaloa.
En este momento, defender a Rocha Moya es jugar a la ruleta rusa porque aún al unísono las muestras de apoyo como una estrategia partidista, no alcanzarán para enfrentarse a una realidad que parece inminente. Rocha Moya debe enfrentar con pruebas los señalamientos en su contra, lo cual se ve muy difícil.
EL CONSPIRADOR





