Pesados obstáculos de la Cuarta Transformación

Austeridad, combate a la corrupción y apoyo a los que menos tienen, serán los ejes incuestionables del presidente Andrés Manuel López Obrador. Los ciudadanos que votaron por su proyecto de nación, así como sus adversarios, se convertirán en la auditoría social que lo obligarán a cumplir con sus promesas de campaña, de una u otra forma, ellos marcan para México una nueva revolución social.

Sin embargo, una revolución social es el resultado de la conjunción de esfuerzos de hombres y mujeres que están dispuestos a dar su vida por transformar su realidad social y la de su país; que están dispuestos a entregar su vida por lo que creen justo. En muchos casos de la historia, esos soñadores revolucionarios han ido a sumar su esfuerzo a otras tierras, lejos del país donde nacieron, sabiendo que podían perder la vida; algunos pudieron regresar y otros nunca volvieron.

En el pasado, esa fue la historia de quienes participaron en la guerra civil española, en la revolución cubana, en la guerra en Nicaragua y El Salvador, en la guerrilla en Guatemala, en Colombia, de quienes se unieron a los diferentes movimientos en los años setentas y ochentas; la historia actual de muchos canadienses y europeos que llegaron a Siria para luchar junto a los kurdos contra el Estado Islámico, convencidos de que hacían lo correcto y estaban dispuestos a entregar su vida por un mundo mejor, defendiendo sus convicciones.

Entre todos ellos están los nombres de personalidades como Ernesto “El Che” Guevara, a cuyo padre e hijo mayor tuve la fortuna de conocer y compartir con ellos; el del único mexicano que participó en la revolución cubana, Alfonso Guillén Celaya, a quien conocí en Nicaragua en 1984; el del padre español Gaspar García Laviana, que luchó en Nicaragua contra la dictadura de Anastasio Somoza; el de Camilo Torres en Colombia; el del venezolano Ali Gómez García, con quien compartí muchas veces en Nicaragua antes de su muerte en 1984. Pero también están los nombres perdidos de quienes, sin gran renombre, dieron parte de su vida por la revolución y sobrevivieron a su vorágine, regresaron a sus países con la misma fortuna con que salieron un día, pero nunca renunciaron a sus sueños.

Sin importar que se trata de una revolución armada, pacífica o simplemente de una revolución moral, como lo ha dicho Andrés Manuel López Obrador, para calificar la transformación histórica que encabeza su gobierno en México, donde ha afirmado que “no se trata sólo de un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen”, para ello también se requiere de hombres y mujeres revolucionarios, íntegros, capaces de asumir su rol en la transformación de una sociedad hundida en la corrupción y dentro de ella, en la simulación, como el arte para engañar a quienes pretenden transformarla.

Inexorablemente, una revolución moral es mucho más compleja que cualquier otra, porque opera a partir de la conciencia de los hombres y mujeres que la encabezan a partir de sus convicciones. En ese contexto, hombres y mujeres deberán sobreponerse a las tentaciones del ejercicio del gobierno; ellos están expuestos a la tentación de sucumbir ante el encanto del poder; el elogio, la adulación y el servilismo de quienes los rodean, pueden terminar seduciéndolos y apartándolos de su deber, porque el poder puede corromper a quienes no tienen convicciones y conciencia para sí mismos, sobre todo de quienes se han sumado a la cuarta transformación fortuitamente y no por convicción, ostentando puestos de dirección.

AMLO parece tener claro ese peligro y recientemente ha dicho al referirse a ello: “No me voy a dejar rodear por lambiscones, por barberos, voy a estar siempre escuchando”, pero escuchando al pueblo, porque también le han dicho algunos periodistas en sus conferencias que lo están engañando y ha respondido, como lo ha hecho recientemente en el noroeste del país: “A eso vengo porque así no me engañan, así puedo ver cómo están las cosas y por eso vengo por tierra porque así veo cómo está el camino”; precisando: “Yo me informo… porque ¿quién me informa?: el pueblo… hablo con todos y saludo y ahí me van diciendo y voy recogiendo los sentimientos del pueblo. No me voy a dejar rodear por lambiscones, por barberos. Yo no tengo oficina de espionaje, pero yo me informo”, precisó el presidente.

Sin embargo, es imposible que el presidente López Obrador pueda estar en todas partes, que sea omnipotente. Es por ello que su gabinete, y quienes dirigen dentro de cada dependencia del gobierno, deben tener la convicción para implementar las políticas diseñadas y no obstruirlas, lo que implica no mentirle al presidente, no engañarlo y ser leal a la confianza depositada en él.

No es fácil el camino de la cuarta transformación. El gobierno está poniendo en marcha una nueva política económica y social, que materializa la revolución moral y ética que encabeza el presidente, pero a través de un aparato del Estado cuyos operadores siguen siendo, en su mayoría, los de siempre; los que nunca se opusieron a la corrupción, los que lo criticaron en su campaña, los que colaboraron con sus oponentes desde sus oficinas de gobierno; muchos sin convicción, sólo con la necesidad de mantener sus puestos de dirección a toda costa, incluso levantando falsas acusaciones a quienes consideran sus adversarios o diseñando peligrosos planes para deshacerse de quienes ponen en riesgo su supervivencia dentro de las estructuras de la cuarta transformación, esos son pues, los retos que debe superar el presidente y sus leales colaboradores hoy.

Autor: José Luis Ortiz Santillán

Economista, amante de la música, la poesía y los animales. Realizó estudios de economía en la Universidad Católica de Lovaina, la Universidad Libre de Bruselas y la Universidad de Oriente de Santiago de Cuba. Se ha especializado en temas de planificación, economía internacional e integración. Desde sus estudios de licenciatura ha estado ligado a la docencia como alumno ayudante, catedrático e investigador. Participó en la revolución popular sandinista en Nicaragua, donde trabajó en el ministerio de comunicaciones y de planificación. A su regreso a México en 1995, fue asesor del Secretario de Finanzas del gobernador de Hidalgo, Jesús Murillo Karam, y en 1998, fundador del Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.



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