La angustia de Nietzsche

Nietzsche asomó desde su intelecto la decepción frente a la religión y el apetito de la ciencia como vínculo de certidumbre entre la natura y el ser.

El cisma religioso frente al conocimiento científico ha marcado dos vertientes de aproximación a la realidad: el docto escepticismo y la espiritualidad del absoluto.

Nietzsche marcó un antes y un después en la crítica del pensamiento científico a las formas conductuales de la sociedad; asomó desde su intelecto la decepción frente a la religión y el apetito de la ciencia como vínculo de certidumbre entre la natura y el ser, renunciando a la preeminencia de la natura del siglo de las luces, quizá porque la génesis de la humanidad marca una rebeldía inaudita frente a la natura, al grado que pretende su dominio a través de la ciencia.

En este trazo apareció el “Crepúsculo de los ídolos”, análisis que hace del conocimiento y su método la búsqueda de la vida, el corazón de la inteligencia que abre el horizonte sin preguntar sobre el génesis creacionista para pasar por el camino de la evolución como singular trayecto de la razón.

Entonces las luces no son eternas en cuanto a la trascendencia del espíritu absoluto de Dios, sino como manifestación dialéctica del ser y accidente histórico, aquello que creó con tintes civilizatorios para dominar su ser y el ser del ego contrario, aquel que refleja tantos apetitos como el propio y al que hay que dominar para elevar el ego primario al infinito.

La vida construida así aparece en el porqué, no de su génesis, sino de su edificación social, en el trazo infinito de la inquietud por construir conocimiento, y de ese conocimiento la ruta infinita del intelecto que unido a la imaginación no tiene límites, como lo advirtió Einstein, pero con la lucidez alucinante de Nietzsche.

La angustia en Nietzsche es la existencia efímera del cuerpo, jamás del intelecto; pero en este camino, la tortuosa corrupción carnal que la ciencia aún no ha podido frenar, aparece la muerte que angustia, la muerte que cercena con la ferocidad del carnicero y los colmillos del dolor al ser, a esa dimensión que va más allá de lo corpóreo, pero que necesita al cuerpo para ser en su génesis y lo abandona en el intelecto para volverse inmortal.

La angustia de Nietzsche se supera frente al intelecto, aquel que es infinito y que en su escepticismo y en el absoluto espiritual ha encontrado al ser.

 

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Por: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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