La comprensión ontológica 58

—Estarás bien —me dice Dalia a través de un sueño de mi deseo inconciente.

 

58.1     La noche es silenciosa, la luna de madrugada ilumina una línea perfecta en el piso y, además del constante goteo por alguna tubería rota, sólo se escuchan las toses esporádicas de los presos.

—¿No hay verdades absolutas? —me pregunta Gema, una de las compañeras de Brenda, la amiga del Zorro en La Equis.

—No —respondo.

—¿Y esa no es una verdad absoluta? —vuelve a preguntarme tras una pausa.

—Qué.

—Decir que no hay verdades absolutas.

Entrecierro los ojos, quedo pensativo y, categóricamente, afirmo:

—Por supuesto que no.

—¿Por qué no? —pregunta tras otra pausa.

¡Ya pueden salir! —informa uno de los gendarmes del municipio de San Ignacio.

En la gran celda estamos detenidos como treinta, entre bailarinas, empleados y clientes. Varios se ponen de pie pero el gendarme aclara:

¡Sólo los catrines! —refiriéndose a nosotros.

—Déjenos ir con ellos, jefe —pide Brenda.

—Ustedes todavía no, el comandante dice que primero tienen que arreglar sus cuentas pendientes aquí.

Se escucha el gran peso de las expresiones, salimos por el despintado pasillo mientras siento un gran peso de culpa al respecto y, al salir del inmueble de la procuraduría, el Zorro enciende un cigarro temblando.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—No vayas a decirle nada a nadie —me pide temeroso.

—No, cómo crees —respondo de inmediato, asiente varias veces y, conforme nos encaminamos a la avenida para pedir un taxi, quedo pensando en su situación, en las posibles implicaciones y, más que nada, en mi complicidad de los errores. Yo también tenía miedo, fuimos unos pendejos y, sinceramente, la habíamos cagado por completo.

—Yo me voy a encargar de explicarle todo a la jefa —dice cuando viajamos en el asiento trasero de un Datsun—. Tú no te preocupes.

¿La jefa? Dirás el patrón.

—Tú no te preocupes.

Llegamos a la hacienda justo al amanecer, nos dejaron en la puerta principal por lo que tuvimos que caminar más de cinco kilómetros hasta el casco y, arribando al garage, nos dijeron que teníamos que reportarnos de inmediato con el licenciado Puig y, efectivamente, éste nos esperaba muy sombrío en el gran portal.

—Vete a tu cabaña —me ordena Puig, quiero decir algo pero levanta su mano para callar cualquier intento. Me retiré sin replicar, empero, antes de perderlos de vista noté que se le unían el negro Reyes, el Charro y el Kali, uno de los guardias personales de la familia. Me detuve, quise regresar para saber más pero finalmente un grito de Puig me detuvo definitivamente:

—¡Ya vete!

Me retiré escuchando con claridad cada una de las piedritas que pisaba y, como si mi ser estuviese en su máxima sensibilidad, las luces de las estrellas brillaban hasta deslumbrar.

Y comencé a debrayar.

Toda mi visión se tornó blanca, sacudí la cabeza y sentí un ligero pero agudo dolor en la parte derecha de mi cabeza, la que mueve el lado izquierdo. Yo no soy zurdo, pero mi hermano gemelo sí. Lo menciono porque a él le pasa lo mismo pero con su lado izquierdo del cerebro. Somos un espejo, la misma representación de la naturaleza y, excepto existencial-mente, el mismo reflejo. Nuestro isomorfismo es filosóficamente distinto.

Me duele la cabeza.

—¿Dónde andabas?

Levanto la mirada y, me sorprende, es Vera sentada en una de las sillas de madera en el porche de mi cabaña, tapada con una gran manta.

 

58.2    El día comenzó con la entrega de un tráiler en una escondida ranchería de la costa, donde fuimos atendidos por Severino Fuentes-Garza quien nos invitó a comer en su lujoso yate.

—No podemos, don Severino —le dijo el Zorro—, pero muchas gracias por la invitación.

Era conocido por ser un antiguo socio del patrón pero, aunque siguen negociando, dejaron de ser amigos después que Severino junior fuera asesinado. El patrón quedó ante todos como el único responsable, no tanto por haber dado la orden sino por no haber hecho nada para impedirlo. Algún poderoso tuvo que autorizarlo y nadie fue condenado ni formal, jurídica o materialmente hablando. Se pidió la cabeza del Charro por ser uno de los sospechosos, pero el patrón se negó. Ese era el contexto de dicha entrega.

—¿Éste es nuevo? —pregunta refiriéndose a mí.

—Es el nuevo mozo de la hacienda.

—Mucho gusto, muchacho —dice saludándome de mano—. ¿Cómo te llamas?

—Serner —contesto pero de inmediato reacciono—, digo: Sergio.

—¿Serner o Sergio?

Sergio Serner —digo para salvar el error. ¿Recuerdan que me dieron formatos para mis identificaciones falsas? Elegí el nombre de mi hermano gemelo pero aún no me he acostumbrado, afortunadamente dicha equivocación pasó desapercibida para el don. Si hubiese insistido le habría dicho que Serner es mi alias, mi nombre de guerra o seudónimo de poeta. Pero ¿qué iba a saber ese criminal de poesía, arte o filosofía?

—Bueno, don Severino, ¿dónde dejamos la carga?

Cambiando de planes sin antelación, como se acostumbraba en estos truques, nos pidió ir a un muelle clandestino que estaba como a una hora en terracería sobre la costa.

Un viaje pesado.

Entregamos el contenedor, trepamos otro de su parte y, después de dejar todo listo para partir, los tres sujetos que nos atendieron nos invitaron a beber unas cervezas. Yo no quería, no me parecieron de confianza y, a pesar de que literalmente se lo compartí al Zorro, éste no me hizo caso y pasamos a beber a una vieja palapa.

—Ya nos tenemos que ir —dijo el Zorro al terminar su tercera cerveza.

—¿No quieren otra? —preguntó uno de ellos.

—No, no —respondí de inmediato—, ya nos vamos.

—Podríamos echarnos la caminera —duda el Zorro divertido.

—Se nos hace tarde —le digo serio.

—Una más y ya —concluye, se levanta para ir al baño y me deja solo con aquellos tipos.

—¿Y cómo está el patrón?

—Bien, bien —digo por decir algo, en realidad ni lo conozco.

—Pues no se le ha visto en mucho tiempo —dice el otro.

—Qué raro —respondo—, porque siempre sale.

—Dicen que ya vive en Estados Unidos.

—Pues no que yo sepa.

—Y su esposa está bien buena ¿a poco no?

No expreso nada, insisten con sus risas y sólo alzo mis hombros como respuesta. Aparece el Zorro y, con notoria cara de susto, dice:

—Ahora sí nos tenemos que ir.

De inmediato me pongo de pie, estiro mi brazo para despedirme pero ninguno me hace caso y, en vez de ello, se paran frente a nosotros impidiendo nuestro paso.

—¿Adónde van a ir?

—Tenemos que hacer más entregas —responde el Zorro nervioso.

—Entregas de qué.

—Tú sabes.

Un silencio de tensión, uno de los sujetos se lleva la mano al cinto pero el otro lo mira negando. Nos observan y, al notar nuestra preocupación, se echan a reír.

—¿Creyeron que les íbamos a hacer algo o qué?

—Hubieran visto sus caras de pendejos.

—¡Están bien güeyes!

El Zorro y yo sonreímos por obligación, aprovechamos el instante de sus burlas para retiramos. Nos subimos al trailer, arrancamos y, aún a la distancia, los veíamos por el espejo retrovisor aún riéndose de nosotros.

—¿Qué pasó? —pregunto en un reclamo.

—Había más, estaban escondidos debajo de la palapa y sólo esperaban una señal para salir.

—¿Cómo sabes?

—Los escuché desde el baño, pensaron que no había nadie y que ambos estábamos con ellos.

—¿Qué nos habrían hecho?

—A mis papás… —dice después de un silencio—, les cortaron los pies, las orejas y las manos antes de asesinarlos.

No hablamos el resto del camino, hasta que salimos de la terracería para reingresar a la carretera cuando el Zorro propuso pasar a La Equis para, según él, bajarse el susto. Ese fue nuestro segundo error.

 

58.3    El tercero fue agarrar la peda en horas laborales, me tomé tres tequilas y, de la nada, me puse a filosofar.

—Hay que distinguir entre afirmaciones de hechos y afirmaciones conceptuales, entre proposiciones sintéticas y proposiciones analíticas, enunciados sobre el mundo y enunciados sobre el lenguaje, entre la ciencia y la filosofía.

—¿De qué tanto habla? —alguien pregunta.

—En la diferencia entre observar el mundo y comprender el lenguaje —respondo.

—Ya, poeta —me advierte el Zorro—, estás aburriendo a las muchachas.

Ellas ríen, una me besa en la mejilla y me sirven otro tequila.

Ya veo doble.

—La negación de una verdad absoluta —digo por último— no es una verdad absoluta.

Entonces comenzó la balacera, el estruendo del plomo proveniente del exterior sacudió a todos y las ráfagas atravesaron uno de los ventanales pintados de negro. La mayoría de los impactos se repartieron en un costado de la barra y, de manera intimidante, potentes gritos yaquis despidieron la huida de los agresores bajo los motores de varias camionetas. De manera sospechosa llegó la policía estatal casi de inmediato, como si hubiesen sabido de antemano y, aunque quisimos evadirlos, fuimos detenidos junto con todos los clientes.

 

58.4    Me duele la cabeza.

—¿Dónde andabas?

Levanto la mirada y, me sorprende, es Vera sentada en una de las sillas de madera en el porche de mi cabaña, tapada con una gran manta.

—Trabajando —contesto—. ¿Tú qué haces aquí?

—Todo esto es mío, idiota.

—Me refiero a esta hora.

—No llegaste a comer, ni a cenar ni nada.

—Tuvimos algunos problemas —digo luego de una pausa.

—¿Qué tipo de problemas?

—Problemas de trabajo.

Silencio.

—No me importa lo que hagas —dice mientras se levanta—, pero tienes que darle de comer a tu caballo. Yo tuve que hacerlo porque tú no estabas.

—¿Tú le diste de comer?

—No  —responde tras una pausa—, pero yo ordené que alguien lo hiciera.

Y se va, suspiro hondo y entro a mi cabaña, me siento en la cama, veo la carta de mi hermano y, por primera vez, la leo.

—Despierta…

No lo he visto en años.

 

Continúa 59

Autor: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






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