AMLO y la feliz dictadura del beisbol

Hace una semana, además de dar el banderazo de salida a la Estrategia Nacional de Lectura, el jefe del Ejecutivo (apasionado, como se sabe, del rey de los deportes) anunció lo que para todos era un strike cantado: “Habrá academias de beisbol por todo el país”.

 

Si bien el anuncio es tan sólo la punta de lanza de una agresiva política en materia deportiva, se acabaron los eufemismos y las simulaciones de promover el deporte en lo general. Sin pelos en la lengua y aplicando el principio de encarnar la principal fuente de poder del país, el mandamás federal y cuarto bat del equipo mexicano, el peje-presidente, se alejó de las formas políticamente correctas de apoyo irrestricto al pambol, deporte que ha dado más decepciones que alegrías al país, y de plano se decantó por el beisbol, su deporte y disciplina de gran penetración en el otro México, en sus diversas regiones donde un bat y un guante desatan más pasión que patear un balón al arco.

 

Ahí, en la alegre Sinaloa de banda y aguachile, tierra natal del estelar pitcher Teodoro Higuera y del mejor bateador emergente de todos los tiempos, Jorge “El Charolito” Orta, ambos genios que la rompieron en la gran carpa, López Obrador se dio valor para imponer casi por decreto al beisbol como el deporte oficial del Estado mexicano. En Guasave, con la presencia de la titular de la CONADE, la velocista Ana Gabriela Guevara, atleta que proviene de Sonora, el estado de Fernando Valenzuela, Marco Estrada, Karin García, Aurelio Rodríguez, Eruviel Aceves, entre otros big leaguers que han puesto el nombre de México en el mejor beisbol del mundo, en un acto sin precedentes se declaró que el deporte del presidente será el que reciba más apoyo y proyección.

 

Algunos dirán que es un capricho y la materialización de un deseo personal que se convierte en un abuso del poder; sin embargo, el beisbol mexicano ha sido históricamente el deporte olvidado, y aun así el que más glorias nacionales e internacionales nos ha otorgado. ¿O acaso alguien puede demeritar que fue el mexicano Beto Ávila, segunda base de los Indios de Cleveland, la primera estrella del beisbol latino y ganador de un título de bateo en 1954?

 

Desde entonces, en cada una de las nueve posiciones hay connacionales con grandes trayectorias: en sonados triunfos en Series Mundiales, con juegos sin hit ni carrera, siempre poderosos con el bat, seguros en el fildeo con el talento para competir en el mejor circuito donde sólo están los mejores. El jugador mexicano, discreto y sin reconocimiento, se antepone a la adversidad de un país que desde la iniciativa privada y gubernamental lo ha relegado, pues con descaro se ha inclinado al fomento del deporte de las patadas, sin muchos resultados favorables. El presidente de México, el primer mandatario beisbolero de la historia, no chista y sin consenso legislativo impone la dictadura del beisbol.

 

Aquí no habrá consulta, sólo eso faltaba; será una decisión unilateral porque si se lleva al terreno de la opinión popular, la mayoría de la población podría aniquilar la iniciativa de sustituir el balón por la bola de costuras, el guante y el bat, bajo el torpe argumento de: “el beisbol no se entiende”. Y claro que no es tan simple explicarle a un país las particularidades de un deporte lleno de estadísticas y reglas, cuando la cultura popular apenas entiende la simpleza de una disciplina cuya base estriba en meter el balón en un arco y de evitar el fuera de lugar; pero el beis es superior en su entendimiento, más científico, implica mayor intelecto, así que a nadie se le ocurra poner en duda la sabiduría del primer mandatario en esta materia (quizá no tenga la claridad en el conocimiento de asuntos de medio ambiente, pero de beisbol dicta cátedra); es una de sus facultades decidir sobre lo que mejor le conviene al país en términos de una cultura deportiva, y si así no lo fuera, tampoco se acabaría el país dejando en pausa el fracasado proceso de desarrollo futbolero, ahora le toca al beisbol.

 

Todos saben que AMLO jugó beisbol a muy buen nivel en el equipo de la UNAM cuando era estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y de veterano le sigue dando en el hocico al perro con un digno porcentaje superior al .300; además, toda su vida ha sido fanático enfermo por su deporte (se le ha visto en Juegos de Estrellas en Estados Unidos, en fotos con David Ortiz-toletero de Red Sox– y en juegos especiales con leyendas del beisbol mexicano, bateándoles a jugadores estelares como el inmortal “toro” Fernando Valenzuela, por mencionar algunos), siempre convencido de llevar al deporte de sus amores a dimensiones nunca antes alcanzadas.

 

López Obrador traería a México una franquicia de Ligas Mayores

 

Ya como gobernante, desde que era alcalde de la capital (2000-2006) tuvo la intención de conseguir una franquicia de Ligas Mayores para la ciudad (Expos de Montreal), pero esta posibilidad no se concretó. Ahora, instalado en la silla presidencial, con el aval de empresarios muy poderosos del norte del país, el sueño del peje-presidente tiene visos de concretarse. ¿Por qué lo creemos? Hay muchos signos que lo confirman: en principio, anunció la creación de academias en toda la geografía nacional, lo cual implica empezar a educar a una generación de jóvenes que aspiran a ser la versión moderna del “Chucky” Lozano a ver más alto y emular las hazañas de verdaderos héroes modernos del beisbol como Fernando Valenzuela, Aurelio López o el gran Vinny Castilla.

 

Por otro lado, en estados como Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Baja California, Aguascalientes, Jalisco, Puebla, Oaxaca, Yucatán, Tabasco, Veracruz, Yucatán y Quintana Roo no habrá resistencia, pese a que en varias de estas entidades se convive con el futbol; la tarea titánica ocurrirá en Querétaro, Guanajuato, Estado de México, Jalisco (que aunque cuenta con los Charros, campeón de la Liga Mexicana del Pacífico, la tradición del futbol se mantiene muy arraigada), Ciudad de México y Guerrero, entidades donde el futbol es casi una religión. Habrá que empezar a formar a deportistas que además de patear puedan lanzar con efectividad e incluir a los bajitos, altos, gordos, flacos y atletas a un deporte que acepta cualquier físico porque nunca excluye.

 

Así, las academias buscan crear talento beisbolero y cambiar el paradigma hacia potencializar un deporte que en México es muy popular pero que no ha podido explotar todo su potencial porque se han creado mitos en torno a su práctica. Aunque éste es un deporte que implica, en teoría, mayor gasto que el futbol, no ha implicado que países como República Dominicana o Cuba, naciones del Caribe con altos niveles de pobreza, hayan alcanzado los más altos puestos en el beisbol profesional. La práctica masiva del beisbol, como ocurre generalmente cuando hay una gran demanda, tiende a reducir los precios de los productos para la práctica deportiva. No todos los niños tienen que utilizar marcas importadas en bats y guantes (Rawlings, Mizuno, Nike, Luisville Slugger), la empresa mexicana Palomares produce la gran variedad de materiales para armar a un equipo con la calidad de cualquier trasnacional.

 

Por consiguiente, Andrés Manuel quiere batear un doblete y ganar, por un lado, la oportunidad para estimular el beisbol como deporte nacional, y por otro, capitalizar el surgimiento de muchos jóvenes que empezarán a destacar y llegarán a ligas mayores que inevitablemente traerán las divisas al país. Seguramente se recordará a otros presidentes que se inclinaron por la práctica personal por el tenis, el boxeo, el automovilismo, el ciclismo, y nunca intentaron colocar un gusto personal en sus líneas de gobierno, pero con AMLO la situación es diferente. Para él, el beisbol es una pasión que lo aleja de la racionalidad y después de tantos años de campaña, de buscar el poder, no iba a desperdiciar la oportunidad de colocar su deporte en la agenda nacional.

 

AMLO es el presidente de México y por primera vez el beis será objeto de una atención especial, lo cual no sólo supone academias de este deporte, sino de una cercanía con los dueños de los equipos de la Liga Mexicana, Liga del Pacífico, Liga del Caribe y, evidentemente, estrechar lazos con el alto comisionado de las Ligas Mayores, quien seguramente no ve con malos ojos que la poderosa nación latinoamericana, segunda en población, incremente la afición por el rey de los deportes en el actual sexenio.

 

Debemos recordar que en México algunos empresarios que apostaron por el futbol simplemente lo hacían por ir con la corriente del gusto popular, cuando en realidad un sector importante de los dueños del capital prefiere el beisbol. Tal es el caso de Carlos Slim (quien ha traído a Alex Rodríguez), Alfredo Harp Helú (dueño de los Diablos Rojos del México y accionista de Padres de San Diego), José Maíz (beisbolista campeón mundial de la Little League World Series), José Manuel Ley (Supermercados Ley –qepd-), Juan José Arellano (Grupo ArHer gasolineras, arrendadoras Grupo Álamo), Gerardo Benavides (Grupo Industrial Monclova), Virgilio Ruiz, Alberto Uribe Maytonrena (empresario gasolinero), Ricardo Martín Bringas (grupo Soriana) y en su momento Carlos Peralta, hijo de Alejo Peralta (dueño del poderoso grupo IUSA).

 

Así, ante un escenario promisorio, con el respaldo de empresarios y de una afición que se cuenta por millones, López Obrador tendrá la misión de gran serpentinero de realizar un inteligente juego de larguísimas nueve entradas en las que cada lanzamiento implique una estrategia exitosa de posicionamiento del beisbol como el primer deporte nacional, amén de ganar terreno en el espectáculo deportivo con más presencia en los medios, en las escuelas, en todos los niveles (desde ligas infantiles hasta academias profesionales con talentos para exportar a ligas de renombre en el mundo), a fin de lograr la primera república beisbolera de la historia de México, un sueño que muchos creíamos inalcanzable.

 

Seguro habrá detractores que seguirán rasgándose las vestiduras atrapados en la bandera nacional y un balón pambolero, lo único cierto es que por parte del Jefe del Ejecutivo el beisbol llegó para quedarse y eso debe ser motivo de alegría y esperanza, especialmente para quienes amamos este deporte y hoy celebramos que además de propinar blanqueadas a los huachicoleros, el presidente mexicano imponga la ley del bat y el guante para llevar al beisbol y a los beisbolistas mexicanos a ese paraíso que llaman el campo de los sueños, donde a semejanza de una novena instalada en el verde pasto pone pausa a los grandes problemas del país para pararse en la caja de bateo, frente al pentágono con un bat con la intención legítima de conectar la veloz bola de costuras y sacarla del parque o, quizá (porque todo es posible) contemplar la maestría del pitcher de Macuspana recetando chocolates con strikes interminables a la mafia del poder que sigue furiosa porque los dinosaurios y puritanos dejaron Los Pinos para siempre.

 

Así es este deporte, donde nunca se empata, donde nada se decide hasta que cae el último out. Ojalá así fueran los buenos gobiernos, pero éstos no son tan buenos como el beisbol y sólo duran seis años. Y si éste es un sueño, por favor no me despierten.

Autor: Mario Ortiz Murillo

Por vocación sociólogo, de placer periodista. Soy un adicto enfermizo a las buenas y malas películas, especialmente las de culto (para mí). Me considero plural y lucho, desde mi humilde tribuna, en el aula y en la prensa por promover la tolerancia. Fiel seguidor de los Pumas, el mejor equipo de México y de la mejor institución del mundo, la UNAM. Aunque mi verdadera pasión no está en el deporte de las patadas sino en los batazos y las atrapadas. El rey de los deportes, según mi filosofía, debería convertirse en el deporte nacional y mundial por decreto de la ONU. Cuando esto ocurra, prometo jubilarme y dedicarme a bolear zapatos y arreglar bicis.



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