La obra que corre bajo tierra

La infraestructura hidráulica no da tanto espectáculo, pero sostiene todo: vivienda, salud, comercio, escuelas, hospitales y hasta competitividad económica.  Y es que una ciudad sin agua suficiente, tarde o temprano descubre que su modernidad era de cartón, por eso invertir en obra que no se ve, es una forma seria de gobernar.

Hay dos tipos de obras: las que se ven y permiten tener una foto espectacular y las que se entierran y por ende no se notan. Bajo esa lógica, pareciera que las primeras venden políticamente mucho más que las segundas y el agua es un gran ejemplo de esto, porque nadie suele celebrar una tubería nueva, pero todos reclaman, con razón, cuando abren la llave y no sale nada.

 

Somos una sociedad que viene de una triste y larga tradición de tener problemas con el servicio de agua, donde las intermitencias y su escasez se comenzaron a normalizar. Se dice que la explosión demográfica de la zona trajo este problema y también se responsabiliza a una vieja red de suministro a la que no se le atendió por décadas.

 

Por eso destaca la decisión del gobierno de meterle dinero a la infraestructura hidráulica. Señalar esto, desde luego, que no supone decir que el problema está resuelto, porque cualquiera que viva en Pachuca y su zona metropolitana sabe que el abasto todavía tiene días buenos y malos, pero sí hay que reconocer algo: invertir en este tema exige una visión distinta a la obra que vende mejor en campañas electorales. Poner el servicio de agua en la conversación pública es apostar por lo básico, aunque se piense que no es rentable políticamente.

 

Cuando se habla de fugas o del llamado “huachicol del agua”, se entiende mejor la dimensión del problema, donde no basta con buscar nuevos pozos si al mismo tiempo se desperdician millones de litros en redes viejas e infraestructura abandonada. Por eso, la obra hidráulica no es glamorosa, pero sí confirma que la carencia de agua no nace de un día para otro, sino que es consecuencia de años de abandono.

 

Por eso hay decisiones públicas que deben valorarse por el tipo de problema que intentan enfrentar. La infraestructura hidráulica no da tanto espectáculo, pero sostiene todo: vivienda, salud, comercio, escuelas, hospitales y hasta competitividad económica.  Y es que una ciudad sin agua suficiente, tarde o temprano descubre que su modernidad era de cartón, por eso invertir en obra que no se ve, es una forma seria de gobernar.

 

La reflexión de fondo es que las obras que más presume un gobierno no siempre son las que más necesita la gente (visite al puente atirantado para mayor referencia), sino aquellas que mejoran la calidad de vida de las personas con un mejor servicio. Ojalá esta apuesta no se quede solo en cifras grandes, sino en resultados sostenidos.