La problemática de la integración, el proceso poco meditado de la migración

Después del idioma, lo que nos hace sentir en casa es nuestra comida. La necesidad de comer lo nuestro nos convierte en “traficantes” de tortillas, chiles y salsas en nuestros viajes de visita a México; se ven maletas rebosantes de todo tipo de alimentos y hasta maletas extra pagadas entre los paisanos conocidos que hacen “su pedido” al amigo viajero en turno.

Elisa Díaz García 

Red Global MX Capítulo Italia 

  

Te vas de México. Las razones pueden ser muchas: de tipo económico, de seguridad, de estudios, por contrato de trabajo o por amor. Cada una marca con características diferentes las diásporas. 

Uno de los tópicos más complicados para los grupos migrantes es el proceso de integración. Las circunstancias que envuelven a cada migrante son diferentes y marcan de modo positivo o negativo el desarrollo de esta fase en modo individual. La personalidad de cada uno, el carácter, la situación familiar en el país de origen, el llegar solo o acompañado, los objetivos precisos de cada uno, los sueños, las necesidades, la edad, el género, el estado de salud, la vida laboral precedente, el nivel de estudios, hasta las características físicas son factores que influyen en el éxito y tiempo de adaptación. 

No todas las migraciones son conscientes al 100 por ciento, es decir, siempre hay un porcentaje de desconocimiento, de incertidumbre, de miedo. Es muy difícil saber lo que te espera por más información que tengas sobre el país de llegada, sobre todo si consideramos que el mundo entero está lleno de estereotipos y caemos en ellos. Pero hay otro factor que pocos migrantes toman en consideración: saber qué es el proceso de integración y cómo afrontarlo.  

Como recién llegados, encontrar por el camino personas que hablen tu mismo idioma, en el caso de los países donde no se habla español, es alentador. Pero toparte con paisanos que te apoyan contando sus anécdotas, compartiendo sus tips de cómo le hicieron, es un oasis en medio del desierto. Quienes tienen familiares que ya son residentes en el extranjero y ya han afrontado este proceso van muchos pasos adelante y tienen la posibilidad de adaptarse con mayor rapidez y en mejores condiciones. 

A quienes migran sin tener algún “contacto guía” les viene espontáneo, como primera necesidad, buscar personas que hablen su mismo idioma. En nuestro caso, considerando que son 21 naciones hispanoparlantes, durante la búsqueda no nos interesa de dónde son o qué acento tengan, es suficiente que nos comuniquemos en español. El oído se agudiza por las calles y cuando detectamos a distancia “palabras que nos suenan a cielo” nos acercamos tímidos, curiosos y expectantes. Lanzar un “hola” y recibir respuesta es como encontrar a los parientes que hacía mucho no veías. Si encontramos un connacional es la gloria, y si no lo es no importa, la alegría es tal que aunque haya palabras y modismos que desconocemos, los hacemos propios en 30 segundos. Esto es la necesidad de pertenencia. 

Sentirnos en casa, en familia, protegidos, es una necesidad primaria; pertenecer a una comunidad, a un país, nos da seguridad y echamos raíces. Trasplantarnos a otro lugar es uno de los procesos de choque más fuertes de un ser humano. La necesidad de pertenencia te mantiene arraigado a tus orígenes y provoca un efecto positivo o negativo dependiendo de las circunstancias. Puede ser un detonante para integrarte sin olvidar tu identidad o un freno en el proceso de aceptación de realidades y costumbres nuevas. Aquí es donde entran en juego, aparte del idioma, otros elementos de pertenencia que ayudan a dar fluidez a la integración: la cultura, las tradiciones, ¡la santa comida! 

Quien migra necesita sentirse enlazado con su origen. México es por antonomasia una nación alegre, fiestera, creativa, trabajadora en su grandísima mayoría y luchona, a pesar de todo. Las vivencias en familia, con los amigos, nuestras celebraciones y tradiciones nacionales, nuestras costumbres y lo que comíamos las llevamos marcadas en el corazón, en la mente y nos acompañan como parte del equipaje del migrante. Es nuestro “kit” emocional de sobrevivencia. 

Después del idioma, lo que nos hace sentir en casa es nuestra comida. Es otro fuerte choque, sobre todo en los países donde nuestra gastronomía no es conocida o está sustituida por el TexMex, y este desconocimiento local provoca el poco intercambio comercial de productos originales mexicanos. Un factor que penaliza aún más la existencia de estos productos es la dimensión de la diáspora: si el grupo migrante es pequeño, no hay público comprador suficiente para considerar la importación y comercialización. La necesidad de comer lo nuestro nos convierte en “traficantes” de tortillas, chiles y salsas en nuestros viajes de visita a México; se ven maletas rebosantes de todo tipo de alimentos y hasta maletas extra pagadas entre los paisanos conocidos que hacen “su pedido” al amigo viajero en turno. Estos productos adquieren un valor sentimental muy alto y te ayudan a seguir enraizado, perteneciente a nuestra nación. Este fenómeno ha sido, en los mejores casos y para quien ha podido, un motivante de inversión, de emprendimiento para nuestros migrantes, creando así tienditas, taquerías y restaurantes. 

Igual sucede con nuestras tradiciones. Celebrar en otras latitudes el día de la Independencia o el día de muertos no es solo hacer “pachanga”, son ejemplo claro del querer seguir perteneciendo. Contrario a lo que pueden pensar algunos en territorio nacional, el migrante no odia, no deserta, no olvida México. Las circunstancias, las decisiones de la vida, nos mueven hacia otros espacios físicos a nivel mundial, y aunque suene a canción, a México nos lo llevamos en la piel. El orgullo de ser mexicano no se olvida solo por salir de nuestro país, al contrario, se refuerza. Máxime con el choque de estereotipos, lo que provoca otro paso importante en el proceso de integración: la promoción voluntaria de nuestro país. En otras palabras: “quiero que sepas de México porque no es como lo ves”.

La diáspora mexicana en general promueve México con su familia y amigos. Transmite a las nuevas generaciones el idioma, la comida, las tradiciones, para dar continuidad a nuestras raíces. Pero otros grupos se lanzan a promoverlo de modo organizado, dirigido tanto a los connacionales como a los residentes del país anfitrión, y así nacen asociaciones, agrupaciones civiles, en general sin fines de lucro, que enseñan y fomentan la cultura mexicana y mucho más. Sus efectos han sido muy buenos para la integración de nuestra comunidad y para eclipsar los destructores “lugares comunes”.

Una nación que conoce sin estereotipos a otra nación tiende a abrirse para facilitar la integración. Los migrantes se sienten con mayor confianza para intercambiar conocimientos, para enseñar lo que sabe y aprender lo que le enseñan porque el proceso de integración es mutuo, es de dos vías, no solo para quien llega. 

Los líderes, agrupaciones y asociaciones civiles que se encargan de aportar experiencias y conocimientos precisos para ayudar en este proceso tienen una tarea ardua y continua, interminable, diría yo, considerando que el vaivén migratorio es constante, se renueva. La experiencia aumenta y los programas e iniciativas van teniendo mayor impacto gracias a las habilidades y expertise de los profesionistas ya integrados o en proceso de. Estos espacios organizados son semilleros culturales, científicos donde las aportaciones de nuestro saber reflejan el amor por nuestro país, por nuestra gente. El promover a México como la nación milenaria, importante, megadiversa que es, se vuelve un compromiso tanto en casa como con la sociedad.  

El proceso de integración es muy largo y nunca será fácil, pero antes de tomar la decisión de migrar habría que tener en cuenta todos los factores, contactar a las agrupaciones de connacionales residentes en el exterior que tienen información de primera mano para obtener conocimientos prácticos. Esto puede llevarnos a tener migraciones más conscientes y tendientes a integrarse con menor dificultad. El mantener ese sentido de pertenencia a nuestro país nos ayuda a caminar y compartir con identidad propia. Caminas seguro de lo que eres y perceptivo a aprender con respeto lo que puede darnos el país que nos hospeda. El conocimiento real, no los estereotipos, y el mantener sólidas nuestras raíces, nos ayuda a integrarnos “en otras macetas”, obteniendo siempre un gran resultado: el desarrollo de la resiliencia

 

Fotos de eventos de México en Italia.


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