El día que escribí un libro

Nunca pediste leer lo que escribía, aunque adivino tu deseo por escuchar un “mira lo que estoy haciendo”. Tenía miedo de que no te gustara.

Una vez te dediqué un libro. No era uno que te compré para regalarte en tu cumpleaños, ni para sorprenderte en Navidad; era uno que escribí yo.

No lo escribí pensando en ti, no me quejaba de mi niñez ni contaba de cuando te conocí, de cuando descubrí obviedades como que te amaba, y tampoco incluía un ruego para que te quedaras. Sin saberlo, me viste escribirlo en tardes, noches, fines de semana en que no hablaba, ni salía, y me quedaba despierta por las madrugadas esperando no incomodar con la luz de la lámpara.

Yo empecé a escribir por ti, para acercarme a ti.

Cada hoja se llenó de a poco, letras y más letras que liberaban presión de la olla que por años fue mi cabeza. Nunca pediste leer lo que escribía, aunque adivino tu deseo por escuchar un “mira lo que estoy haciendo”. Tenía miedo de que no te gustara.

Pasé la mitad de mi vida extrañando lo que nunca tuve, en la forma en que yo lo quería. Y por eso yo escribía, y lloraba, y seguía escribiendo, a veces ocultando evidencias y cambiando nombres y lugares, pero siempre extrañando.

Cuando tuve la cantidad necesaria de palabras para hacer de mis lamentos e inventos un libro, aún me parecía que no era suficiente de ningún modo para que alguien apostara algo, lo que fuera, por convertirlo en hojas y tinta y pastas y ponerlo en anaqueles. Tenía miedo de que no gustara.

¿Pero qué iba yo a saber lo que es el miedo?, quiero decir, de verdad… Lo supe al mediodía de un martes.

Muerta de miedo y de extrañar, unos días después me nació un impulso por juntar todas las palabras, ponerlas en orden, imprimir tres copias y crearme un seudónimo para meterlas a uno de esos concursos que ofrecen dinero y hacerlas un libro si les gusta a quienes deciden. No les gustaron.

Ni mis palabras ni mi dedicatoria bastaron para unos desconocidos, pero sé que para ti y para mí lo fueron todo, y que tú, como yo, lloraste de orgullo y felicidad cuando escribí el contundente: “A mi madre”.

Autor: Alma Santillán

Pachuqueña. Cuenta con un título universitario que sólo menciona cuando es necesario. Escribe por gusto y sin fines de lucro, aunque si en el camino sucede, qué le vamos a hacer. Le gustan los gatos, pero por el momento tiene un perro.



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