El porvenir de una ilusión

A pesar de que la humanidad cuenta con herramientas tecnológicas como nunca antes, la sociedad sigue oprimida por unos cuantos, de modo que la desigualdad y la pobreza son la única constante en el mundo.

La humanidad arribaba al siglo XX investida de conocimiento científico positivista donde la razón causal se había impuesto a la teología. Pero la primera y la segunda guerra mundial se encargaron de tirar por tierra el porvenir de una ilusión, la de construir un mundo mejor; concepción de la ciencia aplicada que habría de crear mitos y fantasías como lo implica hoy el progreso, que se asume en la calidad de vida de los seres humanos en torno al equilibrio y armonía social.

La asimetría económica de la marginación y la pobreza es, sin duda, la proyección anómala del progreso de la humanidad reflejada en el rostro de los olvidados, aquellos que son escondidos por los estereotipos del consumo y la riqueza de las élites que han creado un escenario ilusorio, de cuento de hadas, donde se naturaliza la desigualdad casi como una condición genética de estirpe nobiliaria.

En este trayecto sórdido, la sociedad mundial se ha vuelto pendeja y miope, siendo que vivimos en una era en la que todo parece posible a través del conocimiento científico, pero maquillado ante los intereses de mercado que, por ejemplo, venden vacunas que pocos pueden comprar, e incluso esto pasa con la comida, pues pese a que sabemos cómo cultivar la tierra o reproducir las plantas y especies de animales, la mayoría de los seres humanos viven en el hambre y el ostracismo social.

Los comerciantes suelen decir que “el sol sale para todos” como alegoría de las oportunidades de este mundo, pero es solo un espejismo, porque la verdad de las asimetrías sociales es tan espantosa que nos escupe a la cara de manera tan frecuente que vivimos en una sociedad líquida.

Jean Paul Sartre advirtió que la presión social se erige en náusea social, en vómito del alma que se derrama en la sangre de los oprimidos, en aquellos que lo mismo hacen malabares en un semáforo porque el Estado, que todos construimos, les ha negado la oportunidad cierta de la dignidad humana.

Estamos tan ciegos y absurdos que somos incapaces de entender que la tierra no es del hombre, el hombre es de la tierra; no comprendemos que la riqueza se crea en la explotación social, que la miseria es una expresión de control político y que la libertad y la igualdad son letra muerta en el porvenir de una ilusión.

 

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Autor: Carlos Barra Moulain

Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.


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