El Congreso que no sabe legislar

La confusión vivida en el Congreso de Hidalgo durante una votación hace pensar que improvisan sobre la marcha, no obstante, hay un elemento que no pasa desapercibido: no estuvo presente Andrés Velázquez y pareciera que, en su ausencia, el ritmo se rompe y la orquesta desafina.

Lo que pasó en el Congreso local el miércoles es para escandalizarse. Hay sesiones legislativas que parecen más un ensayo que un ejercicio soberano del poder público. Se vota, pero se duda, se manda a receso para saber qué falló, se repite la votación, hay mayoría, pero al final se regresa a Comisiones.

En el papel, el Congreso es el espacio donde se construyen las leyes, donde el debate se ordena bajo reglas claras y donde las decisiones se toman a través de un procedimiento previamente establecido para generar certeza jurídica. Pero en la práctica reciente en Hidalgo empieza a parecer un lugar donde la ruta se improvisa sobre la marcha y donde, ante la duda, lo más recurrente es detener todo para preguntar a los asesores qué sigue. Flamante legislatura.

La gran tragedia para la ciudadanía es que eso empieza a normalizarse: el desconocimiento como tarjeta de presentación y el receso como la más eficaz herramienta de auxilio. Y esta pausa no la generan para construir acuerdos políticos –que, si no es mucha molestia, ayudaría mucho al estado–  sino para que alguien más les explique a quienes están sentados en la curul lo que deberían tener claro desde el primer día. El receso del desconocimiento, pues.

Aquí no hay que confundir. No se trata de señalar a todos, pero sí de reconocer que hay un patrón cada vez más visible en una parte importante de la 66 Legislatura. Y esto ya no puede justificarse por curva de aprendizaje ni por falta de tiempo. Han pasado ya 18 meses, la mitad del encargo y lo mínimo exigible en cualquier responsabilidad pública –y en realidad en cualquier trabajo– es conocer las reglas básicas bajo las cuales se opera; de nuevo, si no es mucha molestia.

Al final lo delicado no es la confusión, sino sus efectos legales y políticos. Se estaba votando un dictamen para dotar de reconocimiento legal a las madres buscadoras de personas desaparecidas como defensoras de derechos humanos, el cual, por cierto, había sido aprobado en Comisiones por unanimidad en meses pasados. Imagínense tener que explicarle lo sucedido a quienes buscan a sus desaparecidos, a quienes viven, literalmente, el infierno en la tierra.

Si a esto sumamos iniciativas de trascendencia social y política, como las que tienen que ver con la prohibición de las corridas de toros o la alternancia municipal para garantizar espacios a las mujeres en los ayuntamientos, que son presentadas y de Comisiones no pasan, sólo se puede pensar que no hay voluntad política, ya no diga usted para aprobarlas, para siquiera discutirlas y escuchar como ciudadano un debate parlamentario del nivel que merece Hidalgo.

Hay además un elemento que no pasa desapercibido: en esta última joya legislativa del miércoles no estuvo presente Andrés Velázquez, presidente de la Junta de Gobierno, y pareciera que, en su ausencia, el ritmo se rompe y la orquesta desafina. El asunto es que un poder como el Legislativo debería sostenerse únicamente con procedimientos, pero se ve que no.

Así, el problema de fondo es que al final no pasa nada, porque siempre habrá un argumento político y alguien más –un presidente, un asesor o un receso– que justifique o resuelva lo que no se preparó.






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