Mala

Mi manera favorita de ser mala es mentir y cada vez lo hago mejor. A veces me miento al espejo diciéndome que yo no miento. Y me creo.

Mala. No es casualidad que para formar esta palabra sólo deba recurrir a las letras de mi nombre, ni una más, ni una menos; no es casualidad que mi nombre pueda descomponerse de modo tan sencillo para también poder llamarme mala y luego transformarme de regreso en la persona buena que me creí condenada a ser.

Toda mi vida he subestimado la importancia de cultivar la maldad en mí. Pasé décadas enteras creyendo que los eventos desafortunados que me han rasguñado el corazón fueron consecuencia de haberme quedado corta en bondad interior, y entonces me esforzaba más para erradicar de mí todo lo que no fuera bueno y hacer lo que el resto del mundo esperaba de mí -a cambio de nada-.

Me he creído más buena y más mala de lo que soy; esa lucha interna me ha llevado a un limbo de confusión y crisis existencial que crece sobre todo en el invierno. He intentado matar la raíz de maldad con la que nací; he querido ahogarla, incinerarla, pero no ha sido suficiente porque, después de arrancarla y mirar para verificar que no esté, la veo crecer y florecer cada vez más.

La maldad es un talento que tengo y he luchado para no arropar y alimentar, pero cuando se muestra, lo hace de manera natural, y se siente tan bien…

Mi manera favorita de ser mala -que a la vez ayuda a contenerme- es mentir, lo he hecho desde que tengo memoria y cada vez lo hago mejor, pero me resisto al placer que resulta de salir bien librada e incluso me miento diciéndome frente al espejo que yo no miento. Y me creo.

He puesto demasiado esfuerzo en ser sólo buena cuando la realidad es que no quiero serlo, puedo, pero no quiero. Lo que yo quiero es ser quien me venga en gana ser y me haga feliz. Ya dejé de creer que la bondad me entregará de regreso más bondad; la gente me dará lo que tiene dentro, no más. Y no es personal.

Sé que no estoy revelando algo extraordinario y que no sólo yo lo vivo: todxs mentimos, todxs somos buenos y malos, porque lo uno no excluye lo otro. Pero yo a veces olvido que las voces que me exigen ser sólo buena son las mismas que se mienten a sí mismas y niegan la maldad con la que también ellas nacieron y ejercen según les convenga para obtener lo que desean, empezando por mostrarse inmaculados y ajenos a la maldad que nos distingue como seres humanos.

Mala. Alma. Soy las dos.

 

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Por: Alma Santillán

Mujer, escritora, pachuqueña. A veces buena, a veces mala. Tiene dos mascotas que no se toleran entre sí, y dos corazones, porque uno no le alcanza para todo lo que siente.


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