Ser y Devenir 76

Aunque estés lejos iluminas mi existencia, alumbras mis ideas y despiertas mi fenomenología literaria. Me inspiras. Creo que es el reconocimiento de dos almas solitarias dando vueltas por el universo, bailando poéticamente y brillando filosóficamente. Siento que eres el espíritu dialéctico en el proceso de mi historia, el recuerdo metafísico del tiempo y el destino de nuestro eterno retorno.

—Eres como las estrellas que iluminan todo el tiempo.

—Despierta… —me dice Gerona.

Pero no regreso con ella sino al rancho de mi abuelo, en el asiento trasero de un lujoso Cadillac y dando un brinco en el accidentado camino, abro los ojos y estoy llegando a la casona en una tarde en extremo nublada, como casi todas las tardes de la sierra boscosa de Acaxochitlán. Nos estacionamos y, mientras el malencarado chofer baja mis cosas (mudas de ropa nueva y artículos personales que me llevaron al reformatorio ante mi inminente salida), me bajo para reconocer el lugar paso a paso. La piel sintiendo el frío. Mis manos y la humedad. El olor a verde. La naturaleza en todo su esplendor. Aquí todo es diferente. Aquí todo es mejor. Bueno, luego de la cárcel todo es mejor.

La casa es de adobe y piedra, un casco de principios del siglo pasado, con altos techos cubiertos por tejas rojizas y tapancos gigantescos, la mayoría vacíos o como bodegas de mazorcas, deslindada por un río cristalino que atraviesa el patio principal y sale por el otro extremo de la casa. Hay dos caballos, uno negro y otro color miel, amarrados a un poste en la entrada y, luego de acariciarlos (están mojados), entro a la casa. Mis cosas ya están en la sala, volteo y el chofer se retira hacia el auto sin decir nada, se sube y arranca; yo vuelvo a la casa y, apenas al entrar, me sorprende una sonriente señora indígena:

—¡Mijo! Tú eres Serner ¿verdad?

Apenas voy a contestar cuando me abraza efusivamente.

—No me recuerdas ¿verdad? —me dice, apenas voy a contestarle y vuelve a abrazarme—. Ay, mijo, qué bueno que estás aquí luego de…

Me mira como si hubiese cometido un error, se le humedecen los ojos y baja la mirada arrepintiendo sus palabras.

—¿La muerte de mi padre? —le pregunto y ella asiente—. ¿Sí sabes qué pasó? —le pregunto y ella sólo me mira—. Mi hermano lo mató —aclaro.

—¿Su hermano?

—Sí, ¿no te acuerdas de él?

Baja su mirada cavilando, vuelve a mirarme y se pone a llorar.

—¡El patrón te dijo que le sirvieras de cenar! —dice el señor Fidel, el mayordomo de mi abuelo, al entrar y cerrar azotando la puerta principal— No que te pusieras a chillar, pinche vieja. ¡Órale, a la cocina!

Ella asiente, me toma del rostro y, luego de mirar mis ojos, me besa en ambos cachetes:

—Orita te sirvo, mijo —y se mete a la cocina.

—Ya estás grande, canijo —me dice Fidel y se sienta en uno de los sillones de la sala subiendo los pies llenos de lodo—. ¿Cómo te fue en el bote, escuincle?

Tengo un detector de mierda a prueba de todo (como decía Hemingway) y éste detectó de inmediato la basura en la esencia aquél sujeto. Me molestó su pregunta, su interrupción y su forma de hablarle a…

—¿Cómo se llama la señora? —le pregunto señalando a la cocina.

—Refugio —me responde—. ¡Refu! —le llama y ella se asoma de inmediato con masa de maíz en las manos—. ¡Yo también voy a cenar, así que haz para dos!

—¿Va a venir el patrón?

—¡A ti qué te importa, chismosa! —le responde duramente Fidel—. ¡Tú haz de cenar y si ya viene el patrón pues te vuelves a meter a la cocina, chingao!

Ella regresa a la cocina sumisa, Fidel me mira y, estando a punto de decirme algo, lo dejo solo en la sala y también me meto a la cocina.

Atravesé el humo, el calor y olor de la cocina prehispánica. Ella estaba acompañada de dos jóvenes, sus sobrinas, Irma y Perla, la primera de mi edad y la otra un poco mayor. Las dos me sonrieron y, luego de que su tía me presentara con ellas, le manifesté mi deseo de cenar ahí, directamente del gran anafre. Carne de venado en salsa verde, con tortillas gruesas hechas a mano y tlacoyos rellenos de huitlacoche; guajolote en salsa roja y flautas de maíz negro al chile de árbol. Todo pica, incluso los frijoles y las tortitas de papa que acompañan con guacamole, cebolla y queso fresco. De beber me dieron atole y, de postre, un tamal de dulce. En eso, mientras estoy terminando de ser consentido en mucho tiempo, se asoma el señor Fidel molesto:

—¡Qué pasó! ¿Y mi cena?

Irma le entrega una charola (plato mediano, tortillas y un vaso de agua) y Perla le cierra la puerta.

—¡Buen provecho! —termina por decirle doña Refu y las tres ríen.

—¿Y si vuelve? —yo pregunto preocupado.

—El patrón le tiene prohibido entrar, así que aquí no puede hacernos nada ¿verdad, muchachas?

Sus sobrinas le responden sonriendo. Paradójico, que la cocina sea su bunker femenino. ¿O el punto de arranque de otros destinos? Como sea, la cocina se volvió mi principal nicho, sobre todo los primeros días. Las tres me acompañaron a mi cuarto, uno de los tapancos, un fondo como cuarto de un enorme espacio y arreglado con esmero, una cama, dos antiguos burós, un mueble y un pequeño escritorio frente a una ventana con vista al río en constante ritmo. El baño está en la planta baja, en lo que era una oficina actualmente abandonada. Las tres se despiden y vuelven a desearme una feliz bienvenida al rancho.

Abro una de las bolsas, la que tiene dos cuadernos, un paquete de bolígrafos y lápices. Me siento en una vieja silla para escribir y ésta se rompe de inmediato, me repongo doliéndome de la espalda y me siento en la cama, abro la primera página y comienzo a escribir las primeras palabras desde que llegué aquí.

Luego de una serie de versos me acuesto con el cuaderno abierto sobre mi pecho, apago la lámpara y, bajo la tenue luz de la luna atravesando el vidrio de la ventana, cierro los ojos escuchando el sonido del río, las piedras redondas y la tierra roja acariciando el ritmo. Me siento tranquilo.

—¿Qué estás haciendo? —me pregunta Gerona mirándome de pie entre los maizales y con el gran Bong en la mano. Su auto lo dejó estacionado cerca del mío a un lado de la carretera.

—Recordando.

—¿Recordando?… ¿Recordando qué?

—¿Te gusta la filosofía?

—¿La filosofía? —dice sentándose a mi lado—. ¡Yo soy filósofa!

—¿En serio?

—No —dice luego de una pausa—. O sea sí y no. No tengo un título que diga que soy licenciada en filosofía pero soy filósofa. Sólo que no tengo la licencia, así que —me dice bromeando en secreto— no le digas a nadie o me van a multar. ¿No quieres? —me ofrece de fumar en su Bong.

—¿Y cuál es tu filosofía?

Me mira, mira el cielo pensativa y vuelve a mirarme:

—El feminismo.

No sé qué decirle, qué comentar o añadir a su respuesta. Nadie me había contestado eso. Ni siquiera las que se dicen feministas. Nos quedamos en silencio por unos momentos, ambos pensativos.

Vuelvo a mirar el cielo, las nubes y la luz de la luna atravesándolas en perfectas líneas semi-inclinadas de interpretación del pasado. El recuerdo. El recuerdo que recuerdo. El recuerdo de que estoy recordando… La primer noche en el rancho de mi abuelo, a quien no vi, por cierto, hasta una semana después. La primer noche en aquella habitación hegeliana, en aquella vida de pubertad que recién comenzaba, en aquél universo que…

Noto que Gerona me observa detenidamente, luego se asoma un poco más, lentamente, para mirar mis ojos y, sin moverme mucho, yo sólo la veo de reojo; hasta que me desespera su fijación visual.

—¡Qué!

—¿No vamos a la fiesta? —me pregunta sonriendo.

La miro fijamente para explicarle que no tengo ganas de enfiestarme cuando, sin control de la conciencia y, mucho menos, sin explicación cerebral, me adentro involuntariamente en sus intensos ojos y, luego de apreciar su mirada, descubro que son increíblemente hermosos. Los ojos más hermosos que he visto en mi vida.

—¿Estás bien? —me pregunta intrigada mientras su rostro atraviesa mi alma con sus ojos profundos como el ser y su boca expresiva como el devenir—. ¿Qué tanto me ves?

—La fenomenología de tu espíritu.

 

Continúa 77

Por: Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".






EL INDIO FILÓSOFO - Serner Mexica

Filósofo por la UAM, estudió la Maestría en la UNAM y el Doctorado en la Universidad de La Habana. Fue Becario de Investigación en El Colegio de México y de Guionismo en IMCINE. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia EMILIO CARBALLIDO por su obra "Apóstol de la democracia" y en el 2011 el Premio Internacional LATIN HERITAGE FOUNDATION por su tesis doctoral "Terapia wittgensteiniana".